Poder social.indd 1Poder social.indd 1 10/17/07 1:09:49 PM10/17/07 1:09:49 PM Poder social.indd 2Poder social.indd 2 10/17/07 1:09:49 PM10/17/07 1:09:49 PM PODER SOCIAL CENTRO DE ESTUDIOS POLÍTICOS E INTERNACIONALES –CEPI– FACULTADES DE CIENCIA POLÍTICA Y GOBIERNO Y DE RELACIONES INTERNACIONALES Poder social.indd 3Poder social.indd 3 10/17/07 1:09:49 PM10/17/07 1:09:49 PM Poder social.indd 4Poder social.indd 4 10/17/07 1:09:49 PM10/17/07 1:09:49 PM PODER SOCIAL FREDDY CANTE –Editor Académico– Poder social.indd 5Poder social.indd 5 10/17/07 1:09:49 PM10/17/07 1:09:49 PM Facultades de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales © 2007 Editorial Universidad del Rosario © 2007 Universidad Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, Facultades de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales © 2007 Manuelita Barrios, Freddy Cante, Mario López, Antanas Mockus, Jenny Pearce, Oscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez, Kurt Schock, Fernando Sarmiento Santander, Chantal Delsol, Ana Glenda Tager Rosado, Luisa Fernanda Trujillo, Muhammad Yunus © 2007, Clara Inés Calle, por la traducción del artículo de Chantal Delsol © 2006, The Nobel Foundation, por el discurso de Muhammad Yunus ISBN: 978-958-8298-69-6 Primera edición: Bogotá D.C., agosto de 2007 Coordinación editorial: Editorial Universidad del Rosario Corrección de estilo: Rodrigo Andrés Díaz Lozada Diseño de cubierta: Antonio Alarcón Diagramación: Ángel David Reyes Durán Impresión: Javegraf Editorial Universidad del Rosario Calle 13 No. 5-83 • Tels: 336 65 82/83-243 23 80 Correo electrónico: editorial@urosario.edu.co Todos los derechos reservados. Esta obra no puede ser reproducida sin el permiso previo por escrito de la Editorial Universidad del Rosario Poder social / Freddy Cante…[et. ál] editor académico. —Facultades de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales. Centro de Estudios Políticos e Internacionales –CEPI–. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2007. 274 p. ISBN: 978-958-8298-69-6 Derecho civil / Derechos humanos / Democracia / Violencia / Ciencia política / Poder (Ciencias sociales) / Paz / Confl icto armado / I. Título. 323.042 SCDD 20 Impreso y hecho en Colombia Printed and made in Colombia Poder social.indd 6Poder social.indd 6 10/17/07 1:09:49 PM10/17/07 1:09:49 PM Contenido Autores .................................................................................................... 9 Prólogo. Posibilidades de poder social en Colombia .................................. 12 Freddy Cante Desobediencia civil y violencia en acto: sobre los límites y desencantos de la democracia liberal ............................................................................ 17 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez Insurrecciones no armadas y democratización ........................................... 47 Kurt Schock Un ensayo sobre la no-violencia ................................................................ 64 Chantal Delsol Retos para la participación cívica en contextos de violencia crónica .......... 74 Jenny Pearce Acciones colectivas por la paz, alternativas en medio del confl icto ............ 97 Fernando Sarmiento Santander Re-construcción de la ciudadanía en la población en proceso de reincorporación ................................................................................... 118 Luisa Fernanda Trujillo, Manuelita Barrios Del confl icto al diálogo: el enfoque de Interpeace reconciliación y nuevos proyectos de vida ....................................................................... 148 Ana Glenda Tager Rosado Poder social.indd 7Poder social.indd 7 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM El poder de la noviolencia......................................................................... 172 Mario López Acción política noviolenta y negociación .................................................. 210 Freddy Cante Pedagogía de la acción política no violenta ............................................... 228 Antanas Mockus Discurso del Premio Nobel de la Paz ........................................................ 261 Muhammad Yunus 8 Poder social.indd 8Poder social.indd 8 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM Autores Manuelita Barrios Estudiante de sociología, Universidad del Rosario, Colombia. Freddy Cante Investigador adscrito al Cepi de la Facultad de Ciencias Políticas de la Uni- versidad del Rosario, y a la Corporación Ises, Colombia. Chantal Delsol Profesora del Departamento de Filosofía, Université Mairne-La-Vaylle, Francia. Mario López Instituto de la Paz y los Confl ictos, Universidad de Granada, España. Óscar Mejía Quintana Profesor del Departamento de Ciencia Política, Universidad Nacional de Colombia. Antanas Mockus Profesor de la Facultad de Ciencias, Universidad Nacional de Colombia. Jenny Pearce Directora international del Centre for Participation Studies, Bradford Uni- versity, Inglaterra. 9 Poder social.indd 9Poder social.indd 9 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM Gina Paola Rodríguez Profesora de la Facultad de Ciencia Política, Universidad Nacional de Co- lombia. Fernando Sarmiento Investigador del Cinep, Colombia. Kurt Schock Profesor, Faculty of Sociology and Global Affairs, Rutgers University, USA. Ana Glenda Tager Representante de interpeace para América Latina, Guatemala. Luisa Trujillo Estudiante de ciencia política y gobierno, Universidad del Rosario, Co- lombia. Muhammad Yunus Fundador del Banco Grameen y Premio Nobel de la Paz 2006, Bangla- desh. 10 Poder social.indd 10Poder social.indd 10 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM A toda la gente que con su receptividad, lectura crítica y persistente práctica política hace posible la materialización y multiplicación de sueños e ideas como los plasmados en este libro Poder social.indd 11Poder social.indd 11 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 12 Prólogo Posibilidades de poder social en Colombia Freddy Cante Existe otra forma de poder político Existe otra forma de poder. No es la simplista y antisocial fórmula maoista del poder que nace del cañón del fusil. No es el pesimista planteamiento de pensadores como Marx del Estado como instrumento de la clase dominante, ni el cinismo de autores como Buchanan y Tullock (1965) que entienden la política como un club elitista de los grupos minoritarios (políticos, tecnócratas y grupos económicos) que se permite imponer sus decisiones al resto de la población. Puesto en breve, no es el poder de las tradicionales clases políticas (minorías organizadas) como déspotas armados, intelectuales tecnócratas, o grupos de presión con enormes y exclusivos intereses económicos, al que nos referiremos en este texto. El poder social —el que trataremos en este libro— es el de las mayorías que, tradicionalmente, han sido silenciosas y dispersas organizativamente, y que podrían ejercer un protagonismo en la política si toman consciencia y se deciden a actuar. Pero el reto es grande, pues además de los colosales costos de organización y de comunicación que, de acuerdo con autores como Olson (1965) enfrentan las grandes colectividades, existe el enorme desafío de que ciertas minorías de intelectuales comprometidos (intelectuales orgánicos al decir de pensadores como Antonio Gramsci), se ocupen pacientemente de transmitir pedagógicamente a tales sectores sociales enseñanzas fundamentales como las siguientes: 12 Poder social.indd 12Poder social.indd 12 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 13 Prólogo 1. Hay un poder plural disperso en la sociedad, en diversas formas de acción colectiva y de participación, que van desde lo estrictamente local (fábrica, escuela, cuadra, vecindario, vereda) hasta niveles más masivos y geográfi camente extensos (barrio, localidad, municipio, ciudad y región). Este poder supone la existencia de comunidades, de diversas modalidades de capital social y de movimientos sociales. 2. El poder político es fundamentalmente una relación de interdependen- cia. Las diversas clases de élites y de clases políticas tienen poder político sólo gracias a la aquiescencia, indiferencia o consentimiento de la ciudadanía sub- alterna o subyugada. El poder no sólo está disperso en la sociedad, sino que la ciudadanía puede replicar (desobedecer, disentir, criticar) en caso de que no esté de acuerdo con las decisiones políticas de sus gobernantes y dirigentes. Esta fórmula política también aplica para contextos de resistencia civil a la tiranía de los actores armados ilegales de izquierda a derecha. 3. La democracia, en un sentido amplio, tal como sugieren autores de la talla de Tilly (2003) exige mucho más que elecciones representativas regulares, división de poderes y regulación constitucional. La democracia amplia opera en dos dimensiones, una es la capacidad gubernamental y la otra el poder de la ciudadanía. La capacidad de gobierno en buena parte es la capacidad administrativa, la legitimidad y la credibilidad de las clases gobernantes y de los dirigentes económicos. El poder social es la dimensión de la sociedad civil que, entre otras cosas, exige una ciudadanía que puede ejercer cierto control sobre sus gobernantes y tener una capacidad de disenso. 4. El poder no sólo es negativo, dominante o disruptivo (poder para hacer desorden y ocasionar perjuicios económicos, sociales o políticos al rival), es también constructivo, creativo y propositivo; tiene que ver con la solidaridad, la generosidad, y los diversos valores sociales que nos hacen menos egoístas; es útil para crear nuevas instituciones sociales, económicas y políticas que ayuden a promover la democracia, la libertad y la preservación del medio ambiente. Hay un confl icto más grave En Colombia, y en el mundo en general, es dudoso que el confl icto armado y el terrorismo sean los problemas más graves. Sandler (2004), un estudioso de Poder social.indd 13Poder social.indd 13 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 14 poder social la acción colectiva, propone un interesante contraste: las muertes por ataques terroristas en el mundo, a lo largo de las últimas décadas, han sido de unos pocos cientos, incluso en el triste año 2001 ascendieron aproximadamente a 3.296, lo cual es irrisorio si se compara con las cuarenta mil muertes anuales en accidentes en las carreteras de los Estados Unidos. El economista Jeffrey Sachs (2005) hace eco de preocupantes estadísticas: cada año mueren más de 8 millones de personas, los más pobres entre los pobres; no obstante, en el 2005 Estados Unidos destinó 450 billones de dólares al gasto militar y sólo 15 billones para la lucha contra la pobreza. Hechos y cifras como los mencionados son sintomáticos de un tipo de violencia mucho más destructivo y complejo que el de la violencia directa. Mientras que en ésta existen destrucciones parciales o totales del medio am- biente o de la vida humana, en donde es posible distinguir entre víctimas, perpetradores y aún colaboradores y benefi ciarios de los victimarios, tal cosa no se puede determinar con la violencia indirecta o de tipo estructural: ella se traduce en pérdidas del medio ambiente y/o de vidas humanas que son parciales (incendios forestales, enfermedades, contaminación) o totales (muertes, cambio climático, desaparición de recursos no renovables). La violencia estructural es indirecta, descentralizada y ampliamente masiva, pero además sus perpetradores no son un puñado de terroristas o un ejército invasor, son millones de personas que desde diversos roles como ciudadanos, funcionarios del Estado, y/o agentes del mercado (consumidores e inversio- nistas), aceptan y hacen funcionar un sistema económico, social y político. La violencia estructural es un “efecto de mano invisible”, esto es, resulta de las acciones de las personas pero no de sus voluntades específi cas. Seguramente no está en la voluntad de la inmensa mayoría de la gente el que existan males sociales como las hambrunas, la pobreza, el calentamiento global, los desplazados por el cambio climático, en fi n, las personas distantes en la geografía o en el tiempo que sufren y sufrirán inombrables perjuicios. No obstante, las personas sí pueden incidir en sus acciones, de manera particular en sus motivaciones para actuar y en la estructura de derechos. En cuanto a las motivaciones habría que promover menos culto a los intereses (búsqueda de ventajas individuales o grupales en forma de dinero, poder o estatus), a las pasiones de la acumulación (codicia, vanidad, gula, consumo ostensible) Poder social.indd 14Poder social.indd 14 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 15 Prólogo y a las pasiones destructuvas (rabia, odio, resentimiento, venganza). En cuanto a la estructura de derechos habría que acabar o reducir la regulación que permite la protección de la exclusividad en la apropiación de diversos recursos, los cuales están concentrados en muy pocas manos. En nuestro país, el confl icto interno armado (con varios ingredientes de guerra civil) protagonizado por grupos insurgentes izquierdistas como las farc y el eln, grupos paramilitares de derecha, al igual que las instituciones violentas estatales, es apenas una parte del problema. Aun si se logra una desmovilización de grupos violentos al margen de la ley, y se consigue la paz (en su sentido negativo como suspensión de las hostilidades) persistirán dos enormes problemas: la injusticia social y las graves fallas en la administración de la justicia. En gran parte de los trabajos expuestos en este libro ofrecen opciones creativas y constructivas para enfrentar problemas como la pobreza, el daño al medio ambiente y algunas defi ciencias en la administración de la justicia. Agradecimientos La casi totalidad de los aportes contenidos en este libro corresponden a las conferencias que los autores invitados pronunciaron en el Dialogo Mayor, el evento académico anual más importante de la Universidad del Rosario, que el 1 y 2 de noviembre de 2006 se dedicó al tema de la acción política noviolenta. En éste se puso énfasis en que la acción política noviolenta es un medio para lograr objetivos fundamentales para el país, a saber: medios no destructivos de disenso y protesta, medios no retaliativos en materia de justicia y de reconciliación, y medios solidarios (aunque no paternalistas) y creativos para la generación de oportunidades económicas. Agradezco a las prestigiosas personalidades internacionales invitadas al Dialogo Mayor, las señoras Chantal Delsol, Jenny Pearce, Ana Glenda Tager y al señor Kurt Schock. Igualmente agradezco a los prestigiosos estudiosos nacionales Antanas Mockus, Oscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez, Fernando Sarmiento Santander, y a las estudiantes rosaristas Luisa Trujillo y Manuelita Barrios. Gracias a la estudiante rosarista Sandra Barrera por haber- me dado a conocer el trabajo de Yunus, y por su participación en el Diálogo Mayor. Un agradecimiento especial para Mario López, quien una vez más Poder social.indd 15Poder social.indd 15 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 16 poder social brinda su aporte en lo que ya se perfi la como una colección de libros sobre acción noviolenta. Agradezco a los señores Pedro Gómez Barrero (Conci- liario de la Universidad del Rosario) y a Rubén Darío Lizarralde (gerente general de Indupalma) por su participación en el evento, y soy el primero en lamentar que no hubiesen hecho entrega de sus escritos para este libro. Agradezco a la Fundación Nóbel, en particular a Jonna Petterson, por su autorización para traducir y publicar el discurso del Premio Nóbel de la Paz, del profesor Muhammad Yunus. Agradezco especialmente a las directivas de la Universidad del Rosario, y en particular a Eduardo Barajas Sandoval y María Fernanda Segura por haber hecho posible el Dialogo Mayor y esta publicación. Agradezco a personas como Clara Inés Calle y docenas de fun- cionarias y funcionarios de la Universidad del Rosario, que ayudaron en la organización logística del mencionado evento académico. Y agradezco a Juan Felipe Córdoba y Mónica Laverde, al igual que al personal de la Editorial de la Universidad del Rosario, por toda su ardua labor de edición y publicación de estos conocimientos. Bibliografía Buchanan, J. & Tullock, G. The Calculus of Consent, Logical Foundations of Constitutional Democracy. New York, An Arbor Paperbacks, 1965. Olson, M. The Logic of Collective Action, Public Goods and the Theory of Groups. Harvard, Harvard University Press, 1965. Sachs, J. The End of Poverty, Economic Possibilities to our Time, New York, Pen- guin Press, 2005. Sandler, T. Global Collective Action, Cambridge, U.K, Cambridge University Press, 2004. Tilly, C. The Politics of Collective Violence, Cambridge Mass, Cambrigde Uni- versity Press, 2003. Poder social.indd 16Poder social.indd 16 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM Desobediencia civil y violencia en acto: sobre los límites y desencantos de la democracia liberal Óscar Mejía Quintana1 Gina Paola Rodríguez2 Resumen El presente artículo critica la postura demo-liberal tendiente a periferizar el tema de la violencia de la esfera de la política y a desnaturalizar prácticas como la desobediencia civil, ya sea por la vía de su cooptación (integración al derecho) o de su abierta censura. Tras caracterizar la noción de desobediencia civil presente en la tradición liberal (Rawls, Habermas), se pone la vista en la defi nición de la misma operada por Rödel, Dubiel y Frankerberg como dispo- sitivo simbólico de la democracia. Respecto del tema de la violencia el ensayo recupera la lectura de Slavoj Zizek, quien desmitifi ca el carácter armónico y pacífi co de la democracia liberal capitalista, incitando a su asunción crítica como estructura elemental de la dominación en las sociedades actuales, e invitando a la superación del actual mutismo en torno a la relación funcional entre violencia y política. Introducción La disociación de política y violencia es una característica común a la mayoría de las teorías liberales que ven en la guerra y los confl ictos al interior de la 1 Profesor titular del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional; director del Instituto de Investigaciones de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, unijus; director del grupo de investigación Cultura política, instituciones y globalización. 2 Politóloga y candidata a magistra en fi losofía de la Universidad Nacional; profesora temporal del Departamento de Ciencia Política de la misma institución; coordinadora del grupo de investigación Cultura Política, instituciones y globalización. 17 Poder social.indd 17Poder social.indd 17 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 18 poder social política una especie de retorno a la premodernidad, a un estado de naturaleza e incivilización que debe ser superado por las luces de la razón. Esta política sin violencia tiene su raíz en el mito del progreso a partir del cual la modernidad es asumida como una era fundamentalmente pacífi ca y civilista en la que la violencia como solución de las contradicciones pierde asidero en el sistema social. No obstante, su invisibilización en el plano teórico, lo cierto es que la violencia mantiene su presencia en la historia de la modernidad, resistién- dose a quedar en los márgenes de lo político; de ahí la necesidad de volver la vista sobre este fenómeno y a partir de él realizar un test a la democracia liberal. El presente trabajo se ubica en esta perspectiva e intenta, a partir de la problematización de las nociones de violencia y desobediencia civil, criticar la postura demo-liberal que periferiza el tema de la violencia de la esfera de la política y lo reemplaza por prácticas como la desobediencia civil, cuyo carácter radical es inhibido, ya sea por la vía de su cooptación (inte-gración al derecho) o de su abierta censura. El artículo inicia mostrando cómo en la cosmovisión liberal se halla ins- crita una invisibilización del papel determinante de la violencia en la política, que la presenta como un fenómeno ajeno a la modernidad democrática (1). Continúa con una breve caracterización de la noción de desobediencia civil en el modelo de Rawls, fi gura canónica del liberalismo igualitario (2.1), y en la teoría discursiva de Jürgen Habermas (2.2), señalando cómo estas concepciones se caracterizan por un enfoque pacífi co e institucionalizado de la desobediencia. Criticando este corto alcance, se indica cómo a la luz del proyecto liberal se ha descartado una consideración de la desobediencia civil como categoría que inquiere un replanteamiento crítico de la cuestión democrática, retomando para ello la versión de desobediencia civil como dispositivo simbólico esbozada por Rödel, Dubiel y Frankerberg (2.3) La última sección se dedica al análisis de la obra de Slavoj Zizek, quien des- mitifi ca el carácter armónico y pacífi co de la democracia liberal capitalista, incitando a su asunción crítica como estructura elemental de la dominación en las sociedades actuales, e invitando a la superación del actual mutismo en torno a la relación funcional entre violencia y política (3). Poder social.indd 18Poder social.indd 18 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 19 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez 1. Violencia: en la periferia de la política La modernidad jamás ha sido un horizonte abierto; sus orígenes como fuerza histórica negatriz de la medievalidad la llevaron a convertirse en la principal fuerza homogeneizadora de los destinos humanos. Con su actual crisis, el hombre del nuevo milenio vive una vaciedad de su conciencia histórica, de- cretándose no sólo el fi n de la historia, sino también su muerte como sujeto. En medio de este panorama, interrogarnos sobre la violencia es preguntarnos por la crisis de los postulados de la modernidad, esto es, preguntarnos por su fuerza liberadora y creadora y por los límites de la razón instrumental y el individualismo. Para algunos, no hay signifi cado ni signifi cantes a partir de los cuales la modernidad pueda recuperar su legitimidad y retornar a los tiempos heroicos de la Ilustración. Frente a esta situación las posiciones de la contrailustración, como el hipermodernismo y el comunitarismo, aparecen como intentos por romper el monopolio de la comprensión y el ejercicio de la racionalidad moderna, erigida como crisol de la civilización occidental. Despejar un poco el panorama confuso que se abre al hablar de la violen- cia en la modernidad también podría ser de utilidad para refl exionar sobre preguntas como: ¿Son nuevas expresiones como los totalitarismos?; ¿son viejas?; ¿son una constante en la historia política de la humanidad?; ¿o no?; ¿son perversiones particulares y circunstanciales del mundo contemporáneo?; ¿o son respuestas viejas y manidas a eternos problemas sociales, políticos y económicos, casi algo como una ley natural, una repetición inevitable de la historia? El libro de Hans Joas, Guerra y modernidad,3 constituye una aproximación sistemática y sugestiva a un problema que parecía tercamente obviarse en las ciencias sociales y, en especial la sociología, del último cuarto de siglo: el papel de la guerra en la construcción de la modernidad y el sentido que la violencia continúa teniendo en el proyecto moderno y, por extensión, tam- bién posmoderno. El estudio de Joas pone al descubierto la imposibilidad de invisibilizar la violencia y, al mismo tiempo la invisibilización que de un tiempo para acá se ha hecho de la misma como factor social determinante, acudiendo a una tradición que recorre la modernidad desde la Ilustración 3 Hans Joas, Guerra y modernidad, Barcelona, Paidos, 2005. Poder social.indd 19Poder social.indd 19 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 20 poder social —más que cándida hoy ya abiertamente ideológica— de obviar la guerra como catalizador del proyecto modernizador. La reconstrucción de Joas revela de qué manera el estudio sobre la violencia no ha hecho parte de la investigación en las ciencias sociales en el último siglo, pese a dos guerras mundiales y reiteradas guerras convencionales y de “baja intensidad” como las de Corea, Vietnam, Centroamérica, África, etc. En todo ello, pese al estudio de las causas, procesos y efectos de las guerras no se ha abordado la cuestión teórica sustancial y determinante: la actualidad de la violencia colectiva frente a los mecanismos institucionales, nacionales e internacionales, que el proyecto moderno idealizó como fórmulas para conciliar el confl icto y obviar el recurso de la violencia. Joas inicia su estudio acercándose a esa falta de interés de las ciencias sociales en el tema de la violencia que inicialmente explica en “la estrecha relación entre las ciencias sociales y la cosmovisión del liberalismo”,4 poste- riormente recogida incluso por el marxismo y su ideal de una sociedad co- munista conciliada donde parecería no tener lugar el recurso de la violencia. A diferencia de estas cosmovisiones, Joas se encuentra convencido de que la guerra y la violencia hacen parte de la modernidad y no como se ha sostenido por muchos autores que aseguran que la modernidad está exenta de ella al haber superado el espíritu bélico aristocrático. Este autor critica entonces la teoría de la modernización y más exactamente la idea de una modernidad sin violencia, basada en la capacidad de obviarla en la regulación normativa de los confl ictos intrasociales. De hecho, la casi totalidad de los sucesos históricos que han marcado el desarrollo histórico contemporáneo han establecido una relación estructural entre modernidad, guerra y revolución. Es ahí donde se evidencia el lugar determinante que la guerra ha tenido en el surgimiento de la modernidad aunque ello no permite establecer qué tipo de guerras serían justifi cables. La reconstrucción de Joas culmina retomando la posición crítica frente al silencio que guarda la sociología respecto de la guerra y la paz, y para ello aborda el texto La guerra, maestra de vida (1992) del sociólogo Karl Otto Hondrich. La tesis de este último consiste en interpretar la guerra del golfo 4 Ibíd., p. 48. Poder social.indd 20Poder social.indd 20 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 21 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez dentro de un contexto sociológico de aprendizaje, donde los colectivos aprenden mucho más de las guerras que de la paz, considerando que esta última no es un valor estatuido de manera absoluta y que por lo tanto frente a una agresión es necesario enfrentarse con la violencia. Esta postura, según Joas, es más que sociológica, política y moral frente a la guerra, en donde se denota que si bien no tiene sentido para el individuo, si lo tiene para el colectivo y que es una maestra de vida pues “arranca las ideas colectivas de sus anclajes sentimentales, rompiendo bloqueos de aprendizaje y obligando a los colectivos perezosos por naturaleza a aprender también en contra de su voluntad”. Lo realmente interesante en el abordaje de Joas es la resurrección, al menos para la teoría sociológica contemporánea, del papel de la guerra en el proyecto de la modernidad y la puesta en evidencia de dos cuestiones íntimamente ligadas: primero, la reedición de la pregunta —llamémosla fi losófi ca— por el papel de la violencia en la historia, pregunta que, pese a la contundencia de los hechos, ha sido, más que retocada cosméticamente, ignorada de manera sistemática por el pensamiento sociológico; y, segundo, ligado a esta invisibili- zación, obviamente ideológica, en un mundo donde la violencia sigue estando vigente, a la necesidad de volver sobre algo que se consideraba “superado” y redefi nir, en el marco del estado de excepción permanente en que vivimos, su signifi cado y proyección política hacia el futuro. Pero así como el problema de la violencia ha sido ignorado por una tra- dición liberal que se empecina, pese a las evidencias empíricas en contrario, en ignorarla sistemáticamente, un concepto alterno ha ido ocupando el lugar vacío de esa refl exión, con pretensiones hegemónicas: la desobediencia civil. Ésta emerge en la segunda mitad del siglo xx no sólo como el dispositivo teórico que reemplaza a la violencia, sino como una estrategia política alter- nativa frente al recurso de la violencia en todas sus formas. 2. La desobediencia civil En la tradición liberal, la desobediencia civil tiene lugar en el marco de una es- tructura democrática constitucional que es casi justa. Rawls y Dworkin escriben para un contexto de sociedades bien ordenadas, en donde la desobe- diencia civil es un caso de prueba crucial de los fundamentos morales de la Poder social.indd 21Poder social.indd 21 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 22 poder social democracia localizados en los principios de los derechos. En esta perspectiva, la desobediencia se problematiza en términos de un confl icto potencial entre las decisiones jurídicas y políticas adoptadas por una autoridad democrática, legítimamente establecida, y el principio de los derechos individuales. Tanto en Rawls como en Dworkin, la desobediencia se trata de una acción justifi cada sólo en aquellos casos en que una disposición de la autoridad estatal vulnera los derechos de los individuos o de las minorías. En este sentido, como afi rman Cohen y Arato, ninguno de los dos presenta la desobediencia civil como una respuesta a las defi ciencias en la amplitud o calidad de los procedimientos democráticos en el sistema de organización política.5 En Rawls esta función será realizada por una fi gura diferente: el equilibrio refl exivo. Por su parte, el paradigma discursivo de Habermas ofrece una defi nición de desobediencia civil como situación límite, esto es, como el último medio con el que cuentan las capas periféricas para expresar sus argumentos en situaciones en las cuales las condiciones de comunicación no son respetadas y se encuentran manipuladas. Los actos de de desobediencia se encuentran sufi cientemente justifi cados y consisten en una trasgresión simbólica de las normas, exenta de violencia, como protesta contra las decisiones vinculantes que si bien pueden ser legales, no son legítimas. En la teoría democrática radical, la justifi cación de la desobediencia civil se deriva del principio de la legitimidad democrática y no de la vulneración de los derechos. El tema cuestionado por los desobedientes hace referencia al grado de representativi- dad e inclusividad de un determinado procedimiento, a las posibilidades de participación ciudadana o al lugar adecuado de la soberanía. Así, para los demócratas radicales el principio moral fundamental de la democracia radica en la participación directa de los ciudadanos en la vida pública con miras a articular un acuerdo institucional que permita sentar las bases de la sociedad con ciudadanos capaces de gobernar y ser gobernados. Sin embargo, no todas las vertientes de la democracia radical justifi can los actos de desobediencia civil. De allí que resulte necesario distinguir la vertiente rousseauniana, que rechaza de tajo cualquier manifestación de desobediencia civil en el marco de un sistema de organización democrático, 5 Jean Cohen y Andrew Arato, “Desobediencia civil y sociedad civil” en Sociedad civil y teoría política, México, FCE, 2000, pp. 640-641. Poder social.indd 22Poder social.indd 22 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 23 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez de los enfoques de Arendt y Habermas, que conciben el tema de la desobe- diencia civil dentro de la teoría democrática radical, sin abandonar por ello sus ideales normativos. Se trata de una lectura de la desobediencia civil ya no desde el punto de vista de la ley o los derechos, sino desde la democracia. Una dimensión de la desobediencia civil que merece ser destacada es su carácter simbólico. Habermas anuncia cómo esta cualidad se evidencia en su naturaleza pacífi ca pero, sobre todo, en su llamado al sentido de justicia de la sociedad en general. Para Dubiel, Frankerberg y Rödel, el signifi cado simbólico de la desobediencia civil es lo que la distingue de otro tipo de in- fracciones de la ley y la remite directamente a la cuestión democrática. Como “(…)llamamiento a los gobernantes o a las mayorías silenciosas, a la revisión de las decisiones o de las abstenciones políticas desastrosas, la desobediencia civil tiene la estructura de una interacción con otros ciudadanos y con los representantes políticos e instituciones en el medio público, y por lo tanto, no pretende ser simplemente la exposición de sí misma en la protesta sino también una respuesta(…)”.6 La desobediencia civil es así un dispositivo simbólico que produce dos efectos fundamentales: de un lado, plantea demandas democráticas a los actores políticos (autoridades, parlamento, tribunales de justicia) y al público en ge- neral, en situaciones caracterizadas por el predominio de proyectos elitistas y abusos de poder; de otro lado, crea un espacio público para la formación de opinión y voluntad ciudadanas de cara a un proceso de autolegislación demo- crática. Con esto, la desobediencia civil no es una mera demanda, una simple inquisición, sino que es también una oferta, una respuesta. Esta “responde a algo que no se puede derivar por entero de las difi cultades de otros, ni de la nor- ma legal conculcada, ni siquiera del motivo concreto”.7 2.1. La desobediencia civil en el liberalismo igualitario de Rawls En la Teoría de la justicia de Rawls, el concepto de desobediencia civil aparece defi nido como un “acto público, no violento, consciente y político, contrario 6 Helmut Dubiel, Günter Frankenberg y Ulrico Rödel, “Replanteamiento de la cuestión demo- crática: la desobediencia civil como praxis simbólica” en La cuestión democrática, Madrid, Huerga y Fierro, 1997, p. 60. 7 Ibíd. Poder social.indd 23Poder social.indd 23 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 24 poder social a la ley, cometido habitualmente con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno”.8 Ésta es un mecanismo de excepción con el que cuentan las minorías para defenderse de una mayoría que promulga leyes que están perjudicándolas y que no quiere hacer caso a sus reclamos y exigencias. A través de dicho mecanismo se está apelando al sentido de justi- cia de la comunidad, argumentando la violación del acuerdo entre personas libres e iguales. Para el autor, también vale la pena tener en cuenta que “la desobediencia civil es un acto político, no sólo en el sentido que va dirigido a la mayoría que ejerce el poder político, sino también porque es un acto guiado y justifi cado por principios políticos, es decir, por los principios de justicia que regulan la constitución y en general las instituciones sociales”.9 El manejo de la desobediencia civil resulta ser algo muy delicado, por lo cual Rawls pone una serie de condiciones para su correcto ejercicio: en primer lugar, se aplica a casos claramente injustos como aquellos que supo- nen un óbice cuando se trata de evitar otras injusticias. Se busca restringir la desobediencia a las violaciones de los dos principios de justicia rawlsianos, de manera más especifi ca a la violación del principio de libertad. Por otro lado, la desobediencia civil se concibe como el último recurso en ser utilizado, una vez han sido agotadas todas las vías legales, debido a la falta de atención e indiferencia de las mayorías. Finalmente, la desobediencia civil debe darse dentro de un marco de absoluto respeto a la ley, porque ella “expresa la des- obediencia a la ley dentro de los límites de la fi delidad a la ley, aunque está en el límite extremo de la misma”.10 Con ella “se viola la ley, pero la fi delidad a la ley queda expresada por la naturaleza pública y no violenta del acto, por la voluntad de aceptar las consecuencias legales de la propia conducta”.11 Así las cosas, la desobediencia civil actúa como un correctivo y un instru- mento estabilizador de la sociedad que advierte las desviaciones en las deci- siones de justicia de las mayorías y busca hacer volver el sistema a su cauce, reintroduciendo la estabilidad a una sociedad bien ordenada. Tal como está planteada, la noción de desobediencia civil ofrecida por Rawls proporciona 8 John Rawls, Teoría de la justicia, México, FCE, 1979, p. 332. 9 Ibíd., p. 333. 10 Ibíd., p. 334. 11 Idem. Poder social.indd 24Poder social.indd 24 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 25 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez un rango estrecho de acción y legitimidad. En primer lugar, su orientación política es meramente defensiva, al reducirse a la acción de aquellos individuos cuyos derechos han sido vulnerados. Así, el cuestionamiento de la estructura general de la sociedad y de los procedimientos democráticos escapa de su ámbito. De otro lado, al estar referida, de forma unívoca, a la violación de los derechos individuales, los errores cometidos por las mayorías legislativas son disociados de otros factores de distorsión como los malentendidos en la voluntad popular, las representaciones inadecuadas de la opinión pública o consideraciones públicas insufi cientes de los asuntos importantes, que también pueden constituir agresiones de las autoridades estatales contra la ciuda- danía. En resumen, la concepción rawlsiana de la desobediencia civil puede corregir violaciones de los derechos ya existentes, estabilizar al gobierno por la mayoría, e incluso ampliar los derechos, asegurando que se respeten los de todos y que la concepción de la justicia dispuesta por los dos principios se apli- que por igual y en forma justa a todos. Sin embargo, evita los cuestionamientos sobre la concepción de la justicia, sobre nuevas clases o interpretaciones de los derechos y sobre más y nuevas clases de participación.12 Tal concepción es, a decir de Cohen y Arato, excesivamente estática, y se basa en una similar noción del papel de la sociedad civil. Así, “(…) si la última instancia de apelación de la desobediencia civil es el sentido de justicia de la comunidad, el rango de acción de las acciones colectivas legítimas de desobediencia no puede limitarse a aquellas leyes promulgadas por la mayoría legislativa que contravienen los principios de justicia de la sociedad, o que violan los derechos de los individuos o de una minoría (…)”.13 Por el contrario, la sociedad civil y los actos de desobediencia deben ser valorados en su dimensión activa, de absoluta relevancia política, que aun por fuera de los canales institucionali- zados hacen parte normal y fundamental del juego democrático. 12 Cohen y Arato, op.cit., p. 646. 13 Ibíd., p. 647. Poder social.indd 25Poder social.indd 25 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 26 poder social 2.2. La desobediencia civil en el paradigma discursivo de Habermas Para Habermas la sociedad se debe construir sobre un modelo de esferas concéntricas que se comunican a través de un sistema de esclusas, el cual permite que la presión que se da en las esferas más alejadas del centro se pueda transmitir a éste. De igual manera, las reacciones y respuestas que el centro produce se comunican a la periferia. Este modelo de esclusas, llamado por Habermas metáfora hidráulica, coloca al Estado en el centro para ser rodeado por sucesivos círculos que comprenden a la sociedad civil burguesa (periferia interna), con toda la formalización que posee, y a la sociedad civil (en sentido hegeliano) compuesta por las diferentes formas de vida (periferia externa), donde tienen cabida todas las particularidades propias de los sujetos colectivos particulares. Basado en este constructo, Habermas plantea un modelo de política deli- berativa de doble vía en donde se inscribe una estrategia de iniciativa exterior en la toma de decisiones sobre lo político. Esta estrategia de iniciativa del exterior se aplica cuando un grupo está fuera de la estructura del gobierno y, al articular lo que considera una vulneración de los intereses, trata de ex- tender el asunto a otros grupos para introducir el tema en la agenda pública, creando así una presión sobre quienes toman las decisiones.14 La sociedad civil periférica tiene la ventaja de poseer mayor sensibilidad ante los problemas porque está imbuida en ellos. Quienes actúan en el esce- nario político deben su infl uencia al público que ocupa las gradas. Los temas cobran la oportunidad de ser discutidos sólo cuando los medios de comu- nicación los difunden entre el público. Empero, a menudo son necesarias acciones como protestas masivas para que los temas se introduzcan en el ámbito político. Y aunque los temas pueden seguir otros cursos, también pueden provocar en la periferia la conciencia de crisis. La autoridad de las tomas de postura del público se refuerza en el curso de la controversia, pues en una movilización vinculada a una conciencia de crisis la comunicación pública informal se mueve por unas vías que impiden la formación de masas 14 Jürgen Habermas, “La sociedad civil y sus actores, la opinión pública y el poder comunicati- vo” en Facticidad y validez, Madrid, Trotta, 1997, pp. 460-466; Escritos políticos, cap. iii, Barcelona, Península, 1997; Jorge F. Malem, Concepto y justifi cación de la desobediencia civil, Barcelona, Ariel, 1990, pp. 145-154. Poder social.indd 26Poder social.indd 26 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 27 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez adoctrinadas, lo cual refuerza los potenciales críticos del público. Cuando las condiciones de comunicación no son respetadas y se encuentran manipuladas, el último medio con el que cuentan las capas periféricas para expresar sus argu- mentos es la desobediencia civil. Para Habermas, estos actos se encuentran sufi cientemente justifi cados y consisten en una trasgresión simbólica de las normas, exenta de violencia, como protesta contra las decisiones vinculantes que, si bien son ‘legales’, son ilegítimas según los principios constitucionales. Aquello que la desobediencia implica y defi ende es la conexión retroalimentativa de la formación de la voluntad política con los procesos informales de comunicación en el espacio público. Mediante ello, la desobediencia se remite a una sociedad civil que en los casos de crisis actualiza los contenidos normativos del Estado democrático y los hace valer contra la inercia sistémica de tal institución. La desobediencia civil implica actos ilegales, pero públicos, por parte de autores que hacen referencia a principios y que son esencialmente simbólicos. Se trata de actos que implican medios no violentos y que apelan al sentido de justicia de la población. Los actores reivindican principios utópicos de las democracias constitucionales, apelando a la idea de los derechos fundamen- tales o de la legitimidad democrática. Se manifi esta aquí la autoconciencia de una sociedad que se arroga la potestad de reforzar de tal modo la presión que la opinión pública ejerce sobre el sistema político que éste sólo puede optar por neutralizar la circulación no ofi cial del poder. Habermas considera que la justifi cación de la desobediencia civil se en- cuentra en una comprensión de la Constitución como proyecto inacabado. El Estado de derecho se presenta, pues, como una empresa débil y necesitada de revisión. Así las cosas, ésta es la perspectiva de los ciudadanos que se impli- can activamente en la realización de derechos, que tratan de superar desde la práctica la tensión entre facticidad y validez.15 Por otra parte, Habermas cree que esta forma de disidencia es un indicador de la madurez alcanzada por 15 Sobre la fi losofía política de J. Habermas ver, también, Jürgen Habermas, Ciencia y técnica como ideologia, Madrid, Técnos, 1984; Teoría de la acción comunicativa, Madrid, Técnos, 1987; Teoría y práxis, Madrid, Técnos, 1990; Conciencia moral y acción comunicativa, Barcelona, Península, 1991; Escritos sobre moralidad y eticidad, Barcelona, Paidós, 1991; Autonomy and Solidarity, Londres, Verso, 1992; “Three Normative Models of Democracy” en Constellations, Oxford, Blackwell, Volumen 1, No. 1, 1994; y, fi nalmente, Facticidad y validez, Madrid, Trotta, 1998. Poder social.indd 27Poder social.indd 27 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 28 poder social una democracia, de manera que la desobediencia civil tiene su lugar en un sistema democrático, en la medida en que se mantiene cierta lealtad consti- tucional, expresada en el carácter simbólico y pacífi co de la protesta.16 La desobediencia civil no puede ser separada de la crisis de los sistemas democráticos, es decir, su práctica ha de ser entendida como una crítica en clave democrático-radical de los procedimientos representativos tradiciona- les. Un argumento a favor de la desobediencia civil sería su adecuación al principio básico de cualquier Estado democrático, esto es, la participación ciudadana en la toma de decisiones públicas. La acción política cada vez discurre más en las sociedades avanzadas por cauces menos institucionali- zados, lejos de las opciones de partido. En última instancia, si la insatisfacción persiste lo más apropiado sería corregir algunas disfuncionalidades y de ahí la búsqueda de nuevas formas de participación que no pasen por el tamiz burocratizado de los partidos políticos. Los desobedientes invocan principios morales que sirven de marco nor- mativo a la democracia; en su justifi cación se entrecruzan razones jurídicas y político-morales. El desobediente busca vías de participación no convencio- nales y ello no signifi ca que sea antidemócrata, sino mas bien un demócrata radical. De modo que una interpretación adecuada de la desobediencia civil sería considerarla como un complemento de la democracia, indispensable para la creación y sostenimiento de una cultura política participativa. El disenso es tan esencial como el consenso. La disidencia tiene una función creativa con un signifi cado propio en el proceso político. Y en este contexto, la desobediencia civil puede ser un instrumento imprescindible para proteger los derechos de las minorías, sin violentar por ello la regla de la mayoría, dos principios constitutivos de la democracia. La nueva cultura emergente que representan los movimientos sociales exige, para profundizar en el compo- nente participativo, una mayor valoración de la disidencia política. 16 Ver José Rubio-Carracedo, Paradigmas de la política, Barcelona, Anthropos, 1990; Maria Pía Lara, La democracia como proyecto de identidad ética, Barcelona, Anthropos, 1992; José González y Fernando Quesada (coords.), Teorías de la democracia, Barcelona, Anthropos, 1992; José A. Estévez, La Constitución como proceso y la desobediencia civil, Madrid, Trotta, 1994; Norberto Bobbio, El futuro de la democracia, México, FCE, 1994; y Oscar Mejía y Arlene Tickner, Cultura y democracia en América Latina, Bogotá, M&T Editores, 1992. Poder social.indd 28Poder social.indd 28 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 29 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez Para un paradigma discursivo, como el que defi ende Habermas, la des- obediencia civil se constituye en un elemento primordial para garantizar la esencia comunicativa de la sociedad, logrando mantener siempre abiertos los canales participativos; aun en el caso de que las mayorías o los grupos de intereses poderosos se apropien de las instancias de comunicación y preten- dan ponerlas a su servicio; en conclusión, la disidencia es un componente necesario para la conservación de la buena salud democrática, y debe ser respetada, tolerada e incluso alentada; claro está, con base en un análisis serio y responsable de la situación particular 2.3. La desobediencia civil como dispositivo simbólico La caída del socialismo a fi nales de los noventa inauguró una fase que en- tronizaba los principios de la democracia liberal capitalista en un nuevo momento histórico, el cual auguraba el fi n de las ideologías. Sin embargo, el devenir político ulterior, a nivel global, ha puesto de presente la necesidad de repensar tales postulados y adoptar una perspectiva crítica capaz de dar cuenta de las nuevas manifestaciones sociales y políticas sin abandonar los ideales emancipatorios. La cuestión democrática de Rödel, Dubiel y Frankerberg17 busca ser un avance en esta perspectiva que trata de “resolver las perversidades derivadas de un Estado de bienestar (…) que ha convertido al individuo democrático en un simple cliente de las ofertas del mercado político”,18 a partir de la pro- moción de una sociedad civil diferenciada y autónomamente organizada, en cuya acción “no todo es político pero todo puede ser politizable.”19 Metodológicamente, se trata de construir una teoría que de cuenta de las bases simbólicas de la política secularizada, acudiendo al análisis de las representaciones, esto es, de las dimensiones político-ideológicas que un determinado régimen puede construir sobre sí mismo en aras de dar sentido a su historia. Con esto, la teoría de RDyF parte del supuesto según el cual el 17 En adelante RDyF. 18 Agapito Maestre, “Ensayo preliminar”, en Rödel, Frankenberk y Dubiel, La cuestión democrática, Madrid, Huerga y Fiero, 1997, p.7. 19 Ibíd., p. 8. Poder social.indd 29Poder social.indd 29 10/17/07 1:09:50 PM10/17/07 1:09:50 PM 30 poder social análisis de la cultura política es tan importante como el de las bases institu- cionales, al momento de comprender el fenómeno democrático. A partir de tal enfoque, el estudio del proceso de secularización política presenta el ámbito del poder como algo simbólicamente vacío, logrando así la disociación de las esferas real y simbólica de la democracia, que desde en- tonces será defi nida como la única forma de gobierno en la cual el concepto de poder no puede ser adueñado por nadie (ni el príncipe ni un pequeño grupo). Como consecuencia inmediata, la democracia carece de puntos fi jos e inamovibles, deja de ser el monopolio de una clase o sector social y exige ser puesta a prueba en cada institución, mostrándose siempre en su carácter abierto e imposible de cerrar. De aquí se sigue la tesis central de los autores, en cuya defensa y ejemplifi cación se remontan a algunos momen- tos históricos en los que la sociedad civil se ha resistido a ser domesticada o incapacitada institucionalmente desde el Estado, demostrando que el proceso inmanente de la democracia es el confl icto antes que el consenso: “el futuro de la política es la invención constante de democracia o el riesgo totalitario es permanente”.20 En este último sentido vale la pena remitirse a la defi nición de democracia operada por los autores, como “la praxis contra todos aquellos mecanismos que ofrecen resistencia al ejercicio efectivo de la igualdad, la libertad y la solidaridad civil.”21 El dispositivo simbólico de la democracia, como le llamarán en adelante, debe satisfacer tres condiciones: i. secularización, o desmantelamiento radical de justifi caciones trascendentes del poder político; ii. presencia de una opinión pública política como un espacio abierto en el que todos los temas pueden ser discutidos por todos los grupos sociales y; iii. existencia de una auténtica sociedad civil donde los derechos de libertad y comunicación política estén anclados en la conciencia pública de todos y cada uno de los ciudadanos.22 Ahora bien, qué lugar ocupa la desobediencia civil dentro del modelo de democracia descrito por RDyF? Los autores empiezan por identifi car la necesidad de una refl exión acerca de la desobediencia civil, como forma de replantear el ejercicio mismo de la 20 Ibíd., p. 9. 21 Ibíd., p. 15. 22 Ibíd., pp.18 y ss. Poder social.indd 30Poder social.indd 30 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 31 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez democracia. Comúnmente asociada a la violencia pasiva o resistencia pasiva, la desobediencia civil se defi nió prematuramente como una infracción le- galmente fundada y delimitada de normas que contravenían los patrones de la República. Tal acepción tuvo efectos importantes en la tendencia liberal a divorciar las nociones de desobediencia y democracia, presentándolas como antitéticas. El primero de ellos es la propensión a asociar violencia y desobediencia: “la desobediencia civil favorecería la resolución violenta de los confl ictos políticos.” Desde esta perspectiva, todo acto de desobediencia tiene inscrita “una tendencia interna violenta porque ataca las barreras psicológicas de la población contra la violencia” e infl uye negativamente en la percepción que ésta tiene de la autoridad del derecho. Así, cada acto de protesta desemboca, en el corto o largo plazo, en guerra civil, matanzas callejeras, conspiraciones y asesinatos, al constituirse en un germen violento que, al imponer una obediencia selectiva (y no total) al derecho, desafía al Estado. A este respecto han sabido esgrimirse dos artifi cios jurídicos: en primera instancia, la afi r- mación según la cual “la oposición no violenta es violencia”.23 Para que tal argumento funcione, se requiere convertir la resistencia pasiva en violencia, presentándola como una acción psíquica coercitiva que engendra víctimas como las fuerzas policiales o el derecho público. En segundo lugar, la exi- gencia por parte del Estado, de una obediencia total al derecho (y no parcial o selectiva) como requisito sine qua non para el mantenimiento de la paz entre los ciudadanos. Frente a tales consideraciones, RDyF se alistan a recordar cómo las acciones de los grandes partidarios de la protesta no violenta (Antígona, Henry David Thoreau, Gandhi y Martin Luther King) se caracterizan por un signifi cado simbólico, lo cual las diferencia de otro tipo de violaciones a la ley, y las convierte en una cuestión política democrática: (…) la desobediencia responde a algo que no se puede derivar por entero de las difi cultades de otros, ni de la norma legal conculcada, ni siquiera del motivo concreto. No se trata de la liberación respecto de intereses egoístas ni de la rea- 23 Rödel, Rödel, Frankenberk y Dubiel, “Replanteamiento de la cuestión democrática: la des- obediencia civil como praxis simbólica” en La cuestión democrática, op.cit., p. 64. Poder social.indd 31Poder social.indd 31 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 32 poder social lización propia de nociones políticas instrumentales, sino de algo distinto: un llamamiento a los gobernantes o a las mayorías silenciosas, a la revisión de las deci- siones o de las abstenciones políticas desastrosas.24 Tal llamamiento se caracteriza por inducir siempre a la interacción con otros ciudadanos y con los mandatarios políticos e instituciones en el medio público, con lo que se aparta de ser una mera exposición de motivos y descon- tentos, para inquirir una respuesta efectiva por parte de las autoridades. En adición, la desobediencia civil, dada su naturaleza simbólica, dista de tener un contenido y agente (s) defi nido: (…) no obedece a oscuros “mandatos históricos” ni a una celestial reserva de conciencia, no reclama ningún privilegio sobre la base de una verdad reconocida. Quien ejercite la desobediencia civil no es ni un revolucionario, ni vanguardista, ni partisano, sino cives, un ciudadano activo que acata la igualdad política de todos en la argumentación y limitación de la protesta infractora de normas, en la renuncia al poder y en las sanciones ajustadas a la conformidad.25 Detrás de la desobediencia civil se esconde, por lo general, la exigencia de legitimación de una constitución democrática; ésta no ordena obediencia para que reine la calma, sino que espera que los ciudadanos se sientan obligados a defenderla, basada en la noción de democracia como autogobierno, de tal suerte que, quien practica la desobediencia civil también está llamado a ello. Lo anterior pone de presente la ambigüedad que se plantea entre legalidad y legitimidad, entre el derecho positivo que obliga a su cumplimiento, y la idea de democracia como autogobierno que hace de la desobediencia civil un acto legítimo y deseable. Otro hecho recurrente es la defi nición de la desobediencia civil como alteración del orden. Aquí, los autores inician un recorrido por los diferentes paradigmas del derecho, mostrando cómo ninguno de éstos ofrece una opor- tunidad teórica a la desobediencia civil como replanteamiento de la cuestión democrática, al tener en mente las nefastas consecuencias derivadas de la 24 Ibíd., p. 60. 25 Ibíd. Poder social.indd 32Poder social.indd 32 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 33 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez desobediencia al derecho por parte de los ciudadanos. Incluso las teorías cons- titucionales más progresistas se quedan cortas al defi nir la desobediencia civil como una “forma no convencional de expresión de las opiniones, petición o manifestación (…), una especie de derecho fundamental que legitima la infracción pública y no violenta de normas jurídicas cuando la protesta se dirija de forma proporcionada contra una injusticia grave y no sea posible otro remedio.”26 La desobediencia ocupa así un lugar marginal similar al derecho de oposición en el que el manto de la Constitución sufre una leve extensión. Con todo esto, la teoría liberal ha desconocido sistemáticamente el carácter simbólico de la desobediencia civil, banalizándola como injusticia (violencia, alteración del orden) o justicia (otro derecho constitucional), y encerrándola en el marco de las instituciones y el derecho positivo. De esta manera, los movimientos sociales han visto minados el espacio para mani- festarse más allá de los límites de la legalidad existente, y las posibilidades de plantear sus demandas democráticas a los representantes políticos y al Estado, en formas creativas. La propuesta en este orden de ideas es la recuperación de la desobediencia civil como una praxis simbólica capaz de denotar el carácter abierto de la democracia, esto es, capaz de “llamar la atención sobre el hecho de que no hay obligaciones supremas, de que el derecho de base metafísica no pone a nuestra disposición certeza defi nitiva alguna, porque su razón es falible: quién tiene derecho es algo que queda pendiente”.27 Se abre así un espacio público para la formación de opinión y voluntad fundado en el principio republicano de autolegislación democrática que, además de dotar al ciudadano de un poder sustancial en la confi guración del poder político, obliga a la refl exión per- manente de los actores, los jueces y el público en general. La desobediencia civil, como dispositivo simbólico demostraría el carácter abierto e inacabado de la democracia y la república. Visto el objeto de la desobediencia civil, vale la pena precisar las condicio- nes de su ejercicio. En primer lugar, la desobediencia civil no es la única praxis 26 Ibíd., p. 70. 27 Ibíd., p. 77. Poder social.indd 33Poder social.indd 33 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 34 poder social simbólica de la democracia aunque si una de las más ejemplares. La relación con el dispositivo democrático viene dada por su papel activador de los prin- cipios de la constitución democrática (libertad, igualdad y solidaridad), no obstante su carácter extralegal (u ofensor de las normas jurídicas vigentes). Tal apreciación nos permite dilucidar que la justifi cación de la desobediencia civil es teórica antes que jurídica, y que su legitimidad y límites provienen ya no del sentimiento de las minorías, sino de su remisión directa a tres prin- cipios constitutivos de una república democrática: i. el principio de igualdad política procedimental; ii. el seguimiento de una estructura interactiva, con un mensaje razonable y público y; iii. la disposición a informar públicamente acerca del motivo concreto de la protesta.28 De esta forma, “la desobediencia civil no aparece como tiranía, desorden o usurpación sino como la manera de llenar el espacio público a fi n de mantener en funcionamiento la divergencia democrática de las opiniones y la alternancia de mayoría y minoría.”29 3. Violencia en acto. Zizek y la crítica de la democracia capitalista Frente a la negación sociológica de la guerra, la invisibilización de la violencia y el consecuente encumbramiento del dispositivo conceptual de la desobe- diencia civil como alternativa no emancipatoria, Zizek retoma el concepto de violencia para explorar su viabilidad en el contexto político actual. En la Violencia como síntoma30 Zizek se compromete con un doble cometido: (…) por un lado desarrollar una teoría de la violencia histórica como algo que no puede ser controlado/instrumentalizado por ningún agente político, como lo que amenaza devorar a ese mismo agente en un círculo vicioso autodestructivo, y por otro, plantear la cuestión de cómo civilizar la revolución o cómo convertir el proceso revolucionario en una fuerza civilizadora.31 28 Ibíd., pp. 82- 83 29 Ibíd., p. 83. 30 Slavoj Zizek, “La violencia como síntoma” en La suspensión política de la ética, Buenos Aires, 2005, pp. 169-217. 31 Ibíd., p. 191. Poder social.indd 34Poder social.indd 34 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 35 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez Esto, al ver cómo el individuo de la izquierda política encara hoy todo el peso de un capitalismo sin ley que abarca toda su realidad, devorando integralmente las posibilidades de su emancipación, y reduciendo el espacio para su intervención política. En este marco, Zizek resalta la diferenciación que subrayara Hanna Arendt: “El poder debe sostenerse siempre en una marea obscena de violen- cia, el espacio político nunca es puro sino que presupone cierta disposición de confi anza en la violencia prepolítica”.32 Esta aceptación de la violencia prepolítica funda la suspensión política de la ética; es decir, la violencia no sólo es instrumento necesario del poder, sino que en las raíces de toda relación violenta, supuestamente no política, está siempre presente un poder político. La violencia prepolítica es un ejercicio cotidiano, socialmente aceptado en las relaciones directas de subordinación al interior de las formas sociales no políticas. Tras evidenciar el lazo funcional entre violencia y política, Zizek empren- de una serie de críticas al enmascaramiento de esta relación que subyace a las actuales democracias capitalistas. Su ataque se orienta en tres sentidos: en primer lugar, la imputación de la pérdida del horizonte emancipatorio operada por el pensamiento posmoderno; en segunda instancia, la denuncia del “totalitarismo liberal capitalista patente en la actual guerra internacional contra el terrorismo”; y por último, la crítica al actual pensamiento “radical” que plantea la posibilidad de una fuerza o momento emancipador sin romper los fundamentos tácitos de la “democracia” capitalista. Una suerte de contra- propuesta será esbozada por Zizek en su noción de violencia redentora. 3.1. La posmodernidad y la pérdida del horizonte emancipatorio Con la caída del socialismo las ideas de revolución y emancipación social perdieron sentido como directrices para la acción de las masas. Desde 1989 se puso de moda afi rmar que la desintegración del comunismo traería consigo el fi n de la utopía y el ingreso a un mundo “post-ideológico”. Sin embargo, los años noventa señalaron el surgimiento de una auténtica utopía: la liberal capitalista cuyo complemento sería la actitud posmoderna que declara el an- 32 Ibíd., p. 193. Poder social.indd 35Poder social.indd 35 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 36 poder social tiesencialismo, la ausencia de identidades fi jas. A partir de aquí, se abandonó la revolución y se abrazaron como nuevos sólidos valores como la multiplicidad, la libertad para elegir y reinventarnos a nosotros mismos. El pensamiento posmoderno excluyó de sus refl exiones cualquier tipo de crítica del capitalismo neoliberal como verdugo de la clase obrera y los pueblos oprimidos, y puso en su lugar los discursos sobre tolerancia, mul- ticulturalismo y libertad sexual. Slavoj Zizek advierte esta posición acrítica, emprendiendo una denuncia ideológica, cultural y política de los efectos del capitalismo actual, con el ánimo de desenmascarar las formas de dominación ocultas tras los sustitutos neoconservadores de las actitudes subversivas y revolucionarias. Zizek denuncia la irreligiosidad de “los Últimos Hombres de hoy en día, los individuos posmodernos”, que rechazan todo objetivo elevado como el distintivo del fundamentalismo religioso terrorista. Es el desprecio posmo- derno hacia las grandes causas emancipadoras, la creencia que en nuestra era postideológica ya no hay ni signifi cados ni signifi cantes, por medio de los cuales obtener la legitimación de un orden más humano, opuesto al presente. En lugar de intentar cambiar el mundo, debemos reinventarnos a nosotros mismos en la totalidad de nuestro universo. Dedicarnos a la búsqueda del proceso abstracto de la vida que está más allá de la mera existencia: la vida llena de nuevas formas de prácticas subjetivas surgidas de una multitud de goces consumistas artifi cialmente intensos y voluptuosos. El primero de los efectos de esta forma de pensamiento es una versión castrada del anticapitalismo que conduce a un movimiento que se niega a abordar un plano más directo de confrontación política con el Estado y que parece verse absorbido por un discurso posmoderno liberal que acepta la democracia capitalista como un terreno insuperable. Adicionalmente, se asiste a la promoción de una falsa permisividad expresada en dos niveles. De un lado, supone que somos infi nitamente libres en nuestra vida personal (privada) pero de otro, impone que debemos sujetarnos a las decisiones que otros toman en el ámbito político. De esta suerte, somos desprovistos del ámbito de decisión realmente importante: el público-político. Según Zizek, la paradoja de la sociedad permisiva es que nos regula como nunca antes. De ahí que no haya que “confi ar en la idea liberal según la cual el Estado Poder social.indd 36Poder social.indd 36 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 37 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez fue superado por el mercado, por las grandes compañías pues nunca antes un aparato estatal fue más fuerte ni tuvo un control más absoluto sobre su propia población que, por ejemplo, el EE.UU de hoy”.33 3.2 El desencanto de la democracia capitalista. Liberalismo y totalitarismo El 11 de septiembre de 2001 marca el fi nal de la utopía supuesta por el fi nal de la historia y el inicio de una fase marcada por el “totalitarismo liberal” en el que “nuestra propia libertad humana” se extravía por obra de la guerra que Occidente libra contra el terrorismo. Para Zizek, con la excusa de eli- minar la amenaza terrorista, el absolutismo liberal creó el ardid de ofrendar su intervencionismo militar a la compostura democrática de los pueblos sin derechos humanos, víctimas del “totalitarismo religioso”.34 Con esta técnica demagógica se ha globalizado la tiranía igualitarista de los derechos humanos, consolidando a escala mundial la potestad del fundamentalismo ateo-económico y tiránico-democrático. El componente totalitario se evidencia en la “ética de la tolerancia” auspiciada por liberales y multiculturalistas, una operación legitimadora del sojuzgamiento del otro: “para abreviar, la tolerancia es la tolerancia hacia el otro en la medida en que este otro no es un ‘fundamentalista intolerante’ lo que signifi ca simplemente: en la medida en que no es realmente otro”.35 Así, la aceptación de la diversidad es posible en tanto que ésta no atente contra los márgenes sociales y culturales ya establecidos por el dominador; además, la tolerancia de las “verdades relativas” funciona en tanto éstas no pongan en cuestión los fundamentos de la democracia imperialista. Los liberales conceden el derecho a creer, a la vez que rechazan toda creencia particular como “fundamentalista”, excepto la propia. Basta ver como en 33 Slavoj Zizek, “La ideología funciona cuando es invisible” en La Voz del Interior, 14 de diciem- bre de 2004, disponible en http://www.lacan.com/zizek-ideologia.htm, consultada el 15 de octubre de 2006. 34 Slavoj Zizek, “Del Homo Sucker al Homo Sacer” en Bienvenidos al desierto de lo real, Madrid, Akal, 2005 (2002), pp. 69-90. 35 Slavoj Zizek, A propósito de Lenin. Política y subjetividad en el capitalismo tardío, Buenos Aires, Atuel, 2004, p. 26. Poder social.indd 37Poder social.indd 37 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 38 poder social Estados Unidos se permite el “fundamentalismo cristiano” mientras se con- dena a los musulmanes. Del mismo modo, Zizek critica la hipocresía del discurso liberal, que desde Habermas a Rorty concibe el libre juego de opiniones, cuando éstas no atentan contra la institucionalidad vigente, la práctica política basada en los “acuerdos” y “compromisos” entre las diferentes posiciones, siempre y cuando la acción de los explotados y oprimidos no comprometa esta falsa “igualdad”. Las masas son llamadas a “elegir”, siempre y cuando elijan lo correcto. Reto- mando a Lenin, la democracia burguesa se concibe como el régimen en donde los pueblos tienen la opción de elegir quien será su próximo verdugo. A partir de este desenmascaramiento, Zizek diagnostica el peligro autodes- tructivo al que se expone la democracia liberal: en su cruzada antirreligiosa de liquidar el terrorismo musulmán, “acabarán eliminando la libertad y la de- mocracia mismas, sacrifi cando así aquello que pretendían defender”36 y extendiendo para el mundo entero la condición de homo sacer descrita por Agamben. “Si los terroristas están dispuestos a destruir este mundo por amor al otro, nuestros guerreros contra el terrorismo están dispuestos a destruir su propio mundo de mocrático en aras del odio al otro musulmán”.37 Esta situación genera “una suerte de epoche ética [que] se moviliza cuando nos vemos abocados a tratar al otro como un homo sacer”.38 Suceda en la forma de un acoso suave o de una agresión física, la diferencia entre estas conductas es todo lo que para Zizek queda de la disimilitud entre civilización y barbarie. Para Zizek este acoso suave, que desvía la atención buscando ig- norar al homo sacer, intentando que sea aceptado como un hecho común de la vecindad humana, es peor que el ataque violento, por los sutiles alcances ideológicos con que de esa manera se lo deja confi nado a la nuda vida. Esta ignorancia del ciudadano y su correspondiente inercia política constituyen la nuda legitimación ciudadana del nuevo orden geopolítico mundial donde el vecino puede ser potencialmente despojado de sus derechos humanos y su 36 Ibíd., p. 70. 37 Ibíd., p. 70. 38 Slavoj Zizek, “Del Homo Sacer al vecino” en Bienvenidos al desierto de lo real, Madrid, Akal, 2005 (2002), pp. 91-106. Poder social.indd 38Poder social.indd 38 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 39 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez propia ciudadanía convirtiéndolo en homo sacer a través de una micropolítica sistemática de dominación y sometimiento diario. 3.3. Los límites de la democracia radical Zizek critica la tendencia del pensamiento “radical” que plantea la posibilidad de una fuerza o momento emancipador, pero sin romper los fundamentos tácitos de la “democracia” capitalista. En el actual panorama ideológico la intelectualidad se ha adaptado al horizonte insuperable de la democracia capitalista bajo dos formas: el politicismo reformista y el autonomismo. Por un lado, Zizek rechaza a la corriente expresada por Toni Negri, muy en boga desde fi nes de los noventa, que realza la inmanencia de lo social bajo la idea de la recuperación del protagonismo directo de la “multitud”, pero sin enfrentar a los Estados capitalistas. También rechaza a la que subraya la inevitable trascendencia de la política: sólo a partir de la “trascendencia” del campo político respecto de lo social podemos hablar de verdaderos sujetos. Pero si bien es en el campo político desde donde puede plantearse algún tipo de transformación efectiva de la realidad, para esta corriente la política pasa a ser el lugar de la constitución de múltiples “identidades” con objetivos modestos, de “corto plazo” y nunca pensables a través de la destitución del orden democrático, sino sólo a través del reconocimiento dentro de él. Zizek39 encara el concepto de política pura de la nueva teoría política posmarxista de la infl uencia francesa de Balibar, Laclau, Mouffe, pasando por Ranciére y Badiou, que apuntan a la reducción de la economía a “la esfera óntica carente de dignidad ontológica del simple suministro de bienes”, es decir, la economía autónoma de la política como “una de las esferas sociales del positivismo”. El concepto de política pura de Badiou es radicalmente separado también de la historia, la sociedad, el Estado e incluso del partido. Badiou40y Lazarus proponen repetir el Lenin “del ¿Qué hacer?, el Lenin que rompe con el supuesto economicismo de Marx, afi rmando la autonomía de lo político, y no el Lenin de El Estado y la revolución, fascinado con la moderna industria 39 Slajov Zizek, “Contra la política pura” en Repetir Lenin, Madrid, Akal, 2004, pp. 79-88. 40 Véase Alain Badiou, “L’ Un se divise en deux” y Sylvain Lazaruz, “La forme Parti”, las dos intervenciones en el simposio The Retrieval of Lenin, Essen, 2-4 de febrero de 2001. Poder social.indd 39Poder social.indd 39 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 40 poder social centralizada y que imagina los modos despolitizados de reorganizar la eco- nomía y el aparato del Estado”.41 Zizek juzga que para estos autores marxistas posmodernos, críticos del economicismo “dogmático” de El capital, la lucha política de la revolución descansaría en la lógica política de la libre/forzada elección de la libertad y la igualdad. Según este autor esta crítica política del marxismo debe completarse con su campo anverso: la economía, como forma determinante de lo social, es irreductible de la política. Propone entonces volver a la posición del Lenin, contrario tanto al economicismo como a la política pura: “sí, la economía es el dominio decisivo, la batalla se decidirá allí, hemos de romper el hechizo del capitalismo global; sin embargo, la intervención debe ser cabalmente política, no económica”.42 “La forma más elemental de violencia simbólica es, por supuesto, la elec- ción forzada: Eres libre de elegir, siempre que hagas la elección correcta”.43 Zizek aborda lo espinoso de esta homilía, cuando en ciertas circunstancias, “la actitud subversiva primordial consiste irónicamente en hacer referencia a la elección forzada como si fuera una libre elección”. Así, se plantea si un talante esencial de la democracia es la conversión de la elección forzada en una verdadera libre elección, la transfi guración del enemigo (político) en un contendiente, del antagonismo incondicional en una rivalidad agonística. Sin embargo, la traducción del antagonismo político en rivalidad, del enemigo en adversario, tiene que descansar en algún pacto simbólico que “nunca puede ser completo, ya que siempre quedará algún resto indivisible, formado por aquellos que no reconocen este pacto”. Los términos anteriores constituyen para Zizek, la defi nición de la ex- clusión ético-legalista: la lucha política crucial no es tanto la rivalidad en el campo legal entre adversarios que se reconocen mutuamente, “sino por el contrario la lucha por la defi nición de este campo, por la defi nición que separa al adversario legítimo del enemigo ilegítimo”.44 Y por otra parte, el límite de la democracia es el Estado: “en el proceso electoral democrático el cuerpo 41 Ibíd., p. 82. 42 Ibíd., p. 85. 43 Ibíd., p. 81. 44 Ibíd., p. 80. Poder social.indd 40Poder social.indd 40 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 41 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez social queda simbólicamente disuelto, reducido a una multitud puramente numérica, una multitud disuelta, sin Estado”.45 Y fi nalmente este marco de condiciones para la intervención política desde la perspectiva de un volver a Lenin de Zizek, se completaría con su consideración de que hoy todo el mundo es anticapitalista, hasta las películas sociocríticas de tema conspirativo hechas en Hollywood, y en las que el enemigo son las grandes corporaciones con su despiadada búsqueda del benefi cio, el signifi cante “anticapitalismo”.46 Por tanto, ser anticapitalista ya no signifi ca ser estrictamente enemigo de la propiedad privada. Y al respecto Zizek recuerda que Marx estaba fascinado con el impacto desterritorializador y revolucionario del capitalismo, pero así mismo sostuvo que la desterritorialización provocada por éste no era sufi ciente ya que generaba nuevas reterritorializaciones que lo niegan a sí mismo y lo destruyen. “Así pues, la batalla que nos espera es doble: en primer lugar, claro”, el evitar caer en el señuelo del anticapitalismo que no cuestiona el legado liberal- democrático, como sucede con los movimientos antiglobalización, ecolo- gista o feminista. Y segundo, ser capaz de “imaginar un comunismo que dé rienda suelta a la dinámica desterritorializadora del capitalismo, liberándola de sus coacciones intrínsecas”.47 Finalmente Zizek da cuenta “del período de esplendor del stalinismo y de su movilización productiva total, el socialismo real tardío estancado se legitima como una sociedad en la que se puede vivir tranquilamente, evitando la tensión competitiva capitalista”.48 3.4. La violencia redentora Zizek manifi esta su acuerdo con las preocupaciones ofi ciales del multicultu- ralismo, estando favor de la tolerancia de toda cultura, de toda orientación sexual. Sin embargo, objeta que esta sea tomada como la coraza última de toda actividad política actual. En orden de plantear políticas multiculturales, Zizek encuentra imperativo encontrar un núcleo universal de normas y va- lores, como manera de respetarnos entre todos. Esto no implica que asuma 45 Ibíd., p. 85 46 Idem. 47 Ibíd., p. 86. 48 Ibíd., p. 87. Poder social.indd 41Poder social.indd 41 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 42 poder social que el universalismo sea opuesto al multiculturalismo, sino que piensa que las prácticas exitosas de multiculturalismo presuponen un piso universal, esto es, responder a la pregunta: ¿Qué signifi ca respetarnos entre todos? En el revés de la moneda se halla el tema del reconocimiento de las diferencias, donde para “el punto máximo de la ética y de la política, el tema no es que debemos tolerarnos entre todos, sino que debemos oponernos, no físicamente por supuesto, sino con otra lógica.”49 Esto es lo que Zizek ha defi nido como que “la verdadera medida del amor es que se puede agredir al otro”. Se trata de un punto de oposición con el multiculturalismo de los noventa, “que propone un respeto a la cultura del otro, sus bailes, su ropa, pero no en cosas trascendentes.”50 Para Zizek, debamos reenfocar el problema sobre la opresión del poder económico y político, que es el verdadero terreno de las luchas. Partiendo de la expresión “Tal y como lo aprendimos del cristianismo, el amor verdadero y la violencia nunca son meramente exteriores entre sí: a veces, la violencia es la única prueba de amor”, Zizek51 busca entender la ética del nudo que simultáneamente mantiene la sujeción y provoca el celo entre Amor y Violencia, para así plantear una noción redentora de la violencia. Para su ejercicio utiliza como recurso escénico, El club de la lucha, fi lme que aborda directamente el asunto que nos ocupa, según veremos a continuación. Un héroe, “descubre que la práctica del amor por el prójimo se basa en una posición subjetiva falsa”; entonces, opta por un ejercicio más radical: celebrar combates de boxeo con sus semejantes, y además participar en un movimiento que ejecuta ataques terroristas. Aproximación a este problema: “el desafío fundamental es llegar al verdadero Otro y restablecer la conexión con él, es decir, suspender la abstracción y frialdad fundamentales de las sub- jetividad capitalista (…)”.52 La violencia de la pelea entre prójimos, aunque es una estrategia arriesgada y ambigua, señala la abolición de la falsa compasión humanitaria que mantiene la distancia respecto del otro. Primera lección del club de lucha: “no se puede pasar directamente de la subjetividad capitalista a 49 Slavoj Zizek, La ideología funciona cuando es invisible, op. cit. 50 Ibíd. 51 Slavoj Zizek, “Violencia redentora”, en Repetir Lenin, Madrid, Akal, 2004, pp. 67-78. 52 Ibíd., p. 68. Poder social.indd 42Poder social.indd 42 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 43 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez la revolucionaria: primero hay que romper la abstracción, la exclusión de los otros y la ceguera hacia el sufrimiento y el dolor de los otros, en un gesto que corre el riesgo y se extienda directamente hacia el otro sufriente (…)”.53 En una segunda escena, este mismo narrador ejecuta un chantaje frente a su avergonzado jefe, después de golpearse a sí mismo hasta sangrar, inter- pretando contra su propio cuerpo la agresividad de los jefes hacia él. Aproxi- mación al problema: “en los golpes” contra uno mismo esta la identifi cación escatológica del sujeto, que equivale a adoptar la posición del proletario que no tiene nada que perder. Explicación del problema: el sujeto puro surge a través de esta experiencia de autodegradación radical cuando dejo/hago que el otro me saque a golpes la mierda que llevo dentro, vaciándome de todo contenido sustancial, de todo soporte simbólico que pudiera conferirme un mínimo de dignidad. Esta escenifi cación constituye el primer acto de liberación que revela la realidad de la unión masoquista de esclavo y amo. El resultado de esto es que el esclavo consigue un mínimo de distancia respecto de la unión masoquista con su amo. Un masoquismo que pone en evidencia que el amo es superfl uo: el masoquismo no requiere amo. Solución del pro- blema de la referencia: “no se puede contraponer la conciencia redentora de estar oprimido al goce patológico que el sujeto histérico tiene de esta misma opresión, interpretando su conjunción como resultado de la liberación de la dominación patriarcal como proyecto inacabado (…)”.54 Lo que queda de entredicho del problema: el exceso de violencia contenida aquí invalida algún impulso subversivo que pretenda contener: no es lo mismo la violencia fascista que la violencia revolucionaria. La violencia que se vuelve hacia el exterior culmina en terrorismo. Deleuze percibió con claridad que la violencia es un ingrediente necesario de cualquier acción política revolucio- naria. El único criterio para una acción política en sentido estricto es de la utopía en acto. La verdadera ruptura revolucionaria es una suspensión única de la temporalidad: actuar como si el futuro utópico estuviera listo para ser aferrado. La revolución no signifi ca miseria en el presente para la felicidad y 53 Idem. 54 Ibíd., p. 70. Poder social.indd 43Poder social.indd 43 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 44 poder social la libertad futuras. En la revolución ya somos libres mientras luchamos por la libertad, y somos felices mientras luchamos por la felicidad. Conclusión Una refl exión acerca de los contenidos y alcances de la desobediencia civil en el paradigma liberal de Rawls y en la democracia deliberativa de Habermas per- mite entrever cómo esta ha devenido en un concepto ideológico que, además de canalizar la protesta ciudadana por vías institucionales, logra desmovilizar a la sociedad civil frente a expresiones autoritarias del Estado. En esa línea, las propuestas de Dubiel, en primer lugar, y de Zizek, en segundo, ofrecen interesantes alternativas. El primero, porque pone el acento en la posibilidad de una violencia como praxis simbólica, es decir, que la desobediencia civil puede adoptar posturas de fuerza simbólica que son más contundentes que la mera posición pasiva de no violencia, en un momento dado. El segundo va, pese a sus tensiones y aporías, un paso más allá al denunciar varios ámbitos que deben ser objeto de violencia simbólica: en primer lugar el individuo, el yo individual, el sujeto que la sociedad liberal ha consolidado en todos y cada uno de nosotros. Ello supone el cuestionamiento a los derechos humanos como dispositivo ideológico, al individuo como dispositivo de dominación de la sociedad liberal. En segundo lugar, a la democracia liberal en general, por dos motivos: a) porque blinda al sujeto-individuo como tal con toda su batería de derechos individuales y políticos; b) porque las de- mocracias liberales son hoy una gran farsa en la medida en que se deslizan a estados de excepción de facto donde todos terminamos siendo, en últimas, nuda vida, homo sacer agambenianos, seres sacrifi cables. Aunque quede preso de sus tensiones y en últimas de las aporías del postestructuralismo, como Deleuze en su momento y aunque quiera evitar igualmente y con justicia caer en las posiciones neoconservadoras del posmo- dernismo, en la línea de Vattimo y Derrida entre otros, la refl exión de Zizek permite cuestionar no sólo los limites de la democracia liberal, sino en efecto los de la misma democracia radical cuando, tanto Rawls como Habermas, reivindican la desobediencia civil a secas sin consideraciones empíricas del poder fáctico del Estado o de grupos usufructuarios de la opinión publica contra los que la mera no violencia poca o nada presión representan. Poder social.indd 44Poder social.indd 44 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 45 Óscar Mejía Quintana, Gina Paola Rodríguez Si eso lo traducimos a contextos como el colombiano o el latinoamerica- no, la no violencia terminaría convalidando las imposiciones autoritarias del Estado o de las mayorías y desarmando a la sociedad civil del único recurso que le queda: la asunción de formas de democracia disputatoria, necesaria- mente contestatarias, ya simbólicas o fácticas, como permanentemente se presentan en nuestras latitudes. Bibliografía Badiou, A. “L’ Un se divise en deux” y Lazaruz, Sylvain. “La forme Parti”. In- tervenciones en el simposio “The Retrieval of Lenin”, Essen, 2-4 de febrero de 2001. Bobbio, N. El futuro de la democracia, México, FCE, 1994. Cohen, J. y Arato, A. “Desobediencia civil y sociedad civil” en Sociedad civil y teoría política, México, FCE, 2000, pp. 640-641. Estévez, J. A. La Constitución como proceso y la desobediencia civil, Madrid, Trotta, 1994. 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Poder social.indd 45Poder social.indd 45 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 46 poder social ---. “Del Homo Sucker al Homo Sacer” en Bienvenidos al desierto de lo real, Madrid, Akal, 2005, pp. 69-90. ---. “Violencia redentora”, en Repetir Lenin, Madrid, Akal, 2004, pp. 67-78. ---. A propósito de Lenin. Política y subjetividad en el capitalismo tardío, Buenos Aires, Atuel, 2004. ---. “La ideología funciona cuando es invisible”, en La Voz del Interior, 14 de di- ciembre de 2004, disponible en http://www.lacan.com/zizek-ideologia. htm, consulta del 15 de octubre de 2006. Poder social.indd 46Poder social.indd 46 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 47 Insurrecciones no armadas y democratización1 Kurt Schock2 Aunque la lucha noviolenta contra la opresión y la violencia es un tema recurrente a través de la historia, la política contenciosa continúa siendo caracterizada como rebelión armada, terrorismo y guerra civil. Los críticos de la lucha noviolenta alegan que ésta es una estrategia fútil para promover el cambio en contextos represivos y que la violencia es la forma última de poder. Ciertamente, la lucha noviolenta no debería ser romantizada, pero tampoco se debería subestimar su poder para promover el cambio político. En este documento me concentraré en la acción noviolenta como una for- ma “hacer política por otros medios”. Aunque la fuerza moral de la noviolen- cia es importante, mi énfasis está en la acción noviolenta como un método práctico de lucha contra la opresión política, la injusticia y contra aquellos que controlan los medios de la violencia. Mi artículo está organizado como sigue: primero, discutiré varias estra- tegias que se pueden usar para responder a la opresión y la injusticia; en segundo lugar, daré una breve panorámica del desarrollo de los movimientos sociales noviolentos durante el siglo pasado; en tercer lugar, trataré algunas de las más comunes concepciones erróneas acerca de la lucha noviolenta; y, por último, identifi caré una ola de insurrecciones no armadas que ocurrieron en regímenes autoritarios, de los años ochenta en adelante, y discutiré algunos de los factores estratégicos que podrían ayudarnos a entender por qué tales insurrecciones contribuyen a la democratización en unos casos, y en otros no. 1 Traducción de Freddy Cante. 2 Associate Professor of Sociology & Global Affairs, Rutgers University, Newark, U.S.A. Poder social.indd 47Poder social.indd 47 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 48 poder social 1. Estrategias para responder a la opresión y a la injusticia Los actuales desafíos a la autoridad gubernamental frecuentemente trans- greden los límites institucionales y no institucionales, y podrían involucrar un espectro de tácticas desde lo noviolento hasta lo violento. No obstante, con el fi n de entender más claramente el rol de la estrategia y las tácticas, es útil hacer unas distinciones analíticas entre diferentes tipos de resistencia. Antes de que se pueda implementar la acción colectiva, para transformar una situación de opresión o de injusticia, se debe reconocer, denominar e interpretar tal situación como inaceptable. También, se deben superar los obstáculos a la acción colectiva, tales como el miedo, la hegemonía ideológica, la apatía y el fatalismo. Esto implica formar identidades, forjar solidaridades, elevar la concientización y construir contra-hegemonías ideológicas. Una vez que las situaciones opresivas o injustas son reconocidas y vistas como inaceptables, entonces se pueden emprender una variedad de acciones. Una respuesta por parte de los miembros del grupo agraviado es la salida. La opresión política y la injusticia han impulsado la emigración de un país a otro. Así, el simple hecho de escapar de una situación inaceptable es una opción. Una segunda respuesta es involucrarse en formas ordinarias de resistencia. Esas son acciones disimuladas y de bajo perfi l por parte de los grupos subor- dinados, y en contra de la autoridad política. Estas formas de resistencia suelen ocurrir cuando los menos poderosos no tienen el recurso de los ca- nales institucionales y temen las consecuencias de involucrarse en acciones políticas abiertas. Estos métodos, aunque contribuyen a una cultura de la resistencia, por sí mismos muy rara vez tienen el poder de promover un cambio político. En tercer lugar, los miembros de un grupo agraviado podrían involucrarse en acción política institucional. Esta ocurre dentro de los límites de las rela- ciones políticas legales. Sin embargo, aun los países más democráticos podrían ser caracterizados por sus sesgos a la hora de silenciar la voz de las personas o inhibir la resolución de sus problemas. Cuando los pueblos requieren una solución a sus agravios, pero no pueden, promover el cambio a través de los canales institucionales, de una manera efectiva, entonces optan por la política no institucionalizada. Esas acciones pueden ser violentas o noviolentas. Poder social.indd 48Poder social.indd 48 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 49 Kurt Schock La acción política violenta implica el uso de la violencia física o la amenaza de ésta contra los seres humanos, para así promover los objetivos políticos. Esto incluye acciones como aprisionar, secuestrar, asaltar, torturar, asesinar, poner bombas y ejecutar ataques armados. La coerción se refi ere a la intimidación que es respaldada por el uso de la violencia. En situaciones de confl ictos graves, aquellos que desafían a la opresión frecuentemente optan por la violencia de una manera irrefl exiva, sin tener en cuenta el poder de la acción noviolenta. Ésta constituye un método único para responder a la opresión y la in- justicia. Al igual que la acción violenta, ocurre por fuera de los canales insti- tucionales. Obviamente, a diferencia de aquélla, ésta no implica el uso de la violencia o la amenaza de usarla. En vez de mirar la acción noviolenta como la mitad de una rígida dicoto- mía violencia-noviolencia, es mejor entenderla como un conjunto de métodos con rasgos que difi eren tanto de la resistencia violenta como de la política institucional. La acción noviolenta implica la movilización del poder político, social, económico, psicológico o emocional; podría llevarse a cabo mediante actos de omisión, gracias a los cuales la gente se rehúsa a ejecutar ciertos actos que se espera que lleve a cabo, debido a las normas, la costumbre o a la ley; también, podría darse a través de actos de comisión, en los cuales se hace lo que usualmente no se lleva a cabo debido a las normas o costumbres, o que incluso está prohibido por la regulación legal. En su libro, La política de la accion noviolenta, Gene Sharp (1973), —un prominente estudioso en el campo de la lucha noviolenta— identifi có 198 técnicas de acción noviolenta que habían sido usadas en luchas a lo largo de la historia. Él clasifi có las técnicas en tres amplias clases: métodos de pro- testa y persuasión, métodos de no cooperación, y métodos de intervención noviolenta. En la tabla 1 se especifi ca cada uno de éstos y se dan algunos ejemplos, entre los muchos que hay. Poder social.indd 49Poder social.indd 49 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 50 poder social Tabla 1: Métodos de acción noviolenta I. Protesta y persuación II. No cooperación III. Intervención noviolenta Manifestaciones y protestas Encuentros Despliegue de símbolos Declaraciones y discursos públicos Social Estadías a la intemperie, ostracismo social, boicots sociales, huelgas estudian- tiles Económica Huelgas, operaciones tor- tuga, boicots económicos, rehusarse a pagar impuestos. Política Desobediencia civil, obje- ción de conciencia contra el servicio militar, publicación en la prensa prohibida Disruptiva Ocupaciones de tierra, obstrucciones y bloqueos noviolentos, sentadas, piquetes, parálisis del trans- porte. Creativa Desarrollo de mercados al- ternativos y de instituciones paralelas. Fuente: elaboración propia. En primera instancia están los métodos de protesta y persuasión. Éstos incluyen técnicas como las manifestaciones de protesta, marchas, concentra- ciones, discursos públicos, declaraciones, y el despliegue colectivo de símbo- los. Dichas técnicas, a su vez, incluyen expresiones simbólicas con contenido comunicativo, por lo cual podrían ser usadas para persuadir al oponente, evidenciar la ilegitimidad de éste, hacer visibles las relaciones sociales injustas, ilustrar el alcance de la insatisfacción, educar o catalizar el apoyo del público en general, o superar el miedo y la aquiescencia; además, frecuentemente son crisoles en los cuales las ideas alternativas son diseminadas, la solidaridad es for- jada, y la gente es movilizada para participar en otras actividades. En segundo lugar están los métodos de no cooperación, los cuales invo- lucran el retiro deliberado, la restricción o el desafío de participar o cooperar en donde se espera que se haga. Mientras que estas técnicas podrían tener un signifi cado simbólico, también tienen la intención de causar disrupción en el statu quo y socavar los recursos, legitimidad y poder del oponente. Asimis- mo, podrían ser sociales, económicas, o políticas. La no cooperación social implica el rehusarse a establecer relaciones sociales normales, por medio de Poder social.indd 50Poder social.indd 50 10/17/07 1:09:51 PM10/17/07 1:09:51 PM 51 Kurt Schock acciones como boicots, ostracismo social, huelgas estudiantiles, estadías a la intemperie y homenajes a los disidentes. La no cooperación económica in- volucra la suspensión de las relaciones económicas existentes o el negarse a iniciar unas nuevas, con acciones como las huelgas laborales o las operaciones tortuga, los boicots económicos, o el rehusarse a pagar renta o impuestos. La no cooperación política implica la resistencia a involucrarse en formas usuales de participación política o de obediencia. Un tipo común de no cooperación es la desobediencia civil; ésta es la abierta y deliberada violación de leyes y mandatos con un propósito político; ejemplos de ella son la publicación de periódicos prohibidos y el no obedecer ordenes gubernamentales, entre otros. En tercer lugar están los métodos de intervención noviolenta. Se trata de actos de interposición con la intención de causar una disrupción directa a la subyugación continua, o el desarrollo de alternativas frente a las relacio- nes opresivas. Entre éstos se encuentran sentadas, obstrucciones, sabotaje noviolento, ocupaciones de tierras, parálisis del transporte, y el desarrollo de instituciones alternativas. Estas técnicas pueden ser subdivididas en dos tipos: la intervención noviolenta disruptiva, la cual altera o destruye relaciones sociales normales o establecidas, y la intervención noviolenta creativa, que forja nuevas y autónomas relaciones sociales. Los métodos de acción novio- lenta han sido usados esporádicamente a través de la historia. Sin embargo, en el transcurso del siglo xx se incrementó su uso en las luchas organizadas. A continuación me ocuparé brevemente del desarrollo de los movimientos sociales noviolentos durante el siglo pasado. 2. El desarrollo de movimientos sociales noviolentos en el siglo xx En la era moderna, fue Mohandas Gandhi la persona más infl uyente para identifi car los métodos de la acción noviolenta y desarrollar una teoría y praxis sistemáticas de la resistencia noviolenta. La primera experiencia de Gandhi con e