Tras la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos y la Unión Soviética entraron en estado de pugna por el control estratégico de un mundo que quedó sumido en una bipolaridad política e ideológica frente a dos sistemas socioeconómicos: capitalismo y comunismo. A partir de esto, las dos superpotencias trazaron estrategias que buscaban ampliar su poder geopolítico en sus zonas de influencia, debilitar las de su adversario y prevenir su expansión.
La dinámica de este duelo se basaba en un principio geopolítico conocido como políticas de contención (‘containment’ en inglés), es decir, de prevenir la expansión cultural, diplomática y económica del enemigo promoviendo gobiernos y movimientos pro americanos o pro soviéticos, principalmente en los países del denominado Tercer Mundo. Esta dinámica se puede entender en un famoso discurso del presidente norteamericano Dwight D. Eisenhower en 1953, tras el cual los estudiosos de las Relaciones Internacionales acuñaron la Teoría del Efecto Dominó. En aquella locución, Eisenhower insistió en que si un gobierno comunista lograba consolidarse en cualquiera de los países de la región sudasiática de Indochina, todos los otros países vecinos caerían rápidamente como fichas de dominó, ya que se crearía un caldo de cultivo para movimientos comunistas populares e insurgencias en todas las naciones cercanas.
En medio de esta tensión política, durante la década de los sesenta, la juventud se convirtió en protagonista de las manifestaciones sociales y culturales más convulsionadas de la época, como lo fueron las protestas de mayo del 68 en Francia con su lema de “la imaginación al poder”, las revueltas estudiantiles en Praga que desde la cortina de hierro reclamaron “un socialismo con rostro humano” o el multitudinario Woodstock, insignia del movimiento hippie. En todos los casos se trató de movimientos que fueron respuesta a la necesidad de una nueva sociedad que rompiera con el mundo bipolar. Y fue en esta búsqueda que se consolidó un concepto de contracultura que se venía formando desde años atrás.
Según esto, se puede entender la contracultura como las acciones opuestas a la institucionalidad y a las ideas dominantes que predominaban en el mundo, aunque, en un sentido más amplio, esta aspira a convertirse en la misma cultura -siendo su contrapeso- reemplazando sus maneras consideradas como viejas y obsoletas por una renovación que se piensa necesaria.
Contra esta reacción de la juventud, la estrategia fue el miedo que, desde Washington, se tradujo en un proyecto conocido como Estado de Seguridad Nacional, ideado para contener cualquier tipo de amenaza revolucionaria en el mundo que pudiera afectar sus intereses en sus zonas de influencia. Aunque los líderes norteamericanos aseguraban querer librar al mundo de regímenes totalitarios como el de la mayoría de los gobiernos socialistas de Europa del Este, fueron varios los países de regiones como Latinoamérica donde los Estados Unidos auspiciaron la llegada de regímenes dictatoriales que ejercieron una represión cruda contra el surgimiento de grupos armados inspirados en la Revolución Cubana de 1959, entre otros movimientos civiles y de derechos humanos.
Fue este escenario imprevisto el que transformó a Latinoamérica en otro punto neurálgico de esta pugna, donde debido a la cercanía geográfica con Cuba y la simpatía de algunos políticos de la región con los ideales revolucionarios de Castro, se formó una variación del Estado de Seguridad Nacional enfocado en acabar con estos “enemigos internos”, conocida como la Doctrina de Seguridad Nacional. Este programa fue presentado como una defensa de la civilización cristiana en contra del comunismo y el ateísmo y una de sus bases fue la idea de que, para garantizar una sociedad segura, era necesario que las fuerzas militares ocuparan las instituciones estatales.
En ese momento es que nace un nuevo autoritarismo que se vivió posterior a una serie de golpes de estado militares en Sudamérica (Brasil-1964, Perú-1968, Uruguay-1973, Chile-1973 y Argentina-1976) que, si bien no se experimentaron exactamente igual en cada país, tuvieron en común dos experiencias: las agresiones violentas sistemáticas contra la población y una organización política autoritaria y a la vez excluyente. Y es que a pesar de imponer maneras totalitaristas de ejercer el poder que bien fueron en contra de la autonomía y los derechos humanos de los ciudadanos, se justificó con la idea de que supuestamente solamente las sociedades “avanzadas” podían acceder a la democracia.
Chile, como se mencionaba anteriormente, fue uno de los países que estuvo inserto en este contexto de dictaduras militares. Por medio del cierre de parlamentos, la eliminación de las elecciones y la abolición de los partidos políticos, intentaron quitarle a la sociedad sus derechos. Por lo tanto, el Nuevo Pop Chileno fue un movimiento contracultural juvenil que respondió a esta situación nacional e internacional.
En las elecciones presidenciales de 1970, Chile vivió un acontecimiento inédito: por primera vez en la historia un político socialista accedía al poder a través de elecciones democráticas en un Estado de derecho. En unos reñidos comicios, que fueron reconocidos por el Congreso Nacional chileno, Allende y su coalición Unidad Popular obtuvieron una mayoría simple llevándose el 36,6% de los votos, asumiendo así la presidencia con la promesa de instaurar la ‘vía chilena al socialismo’.
Aunque no presentaba un programa muy radical, Allende se encontraría desde un principio atrapado entre sus aliados más revolucionarios (como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), la facción más radical del Partido Socialista) y la reacción de unas clases medias y altas inquietas ante la posibilidad de una revolución "a la cubana". Su administración adoptó una larga serie de reformas, que incluían 40 medidas iniciales en pro de la igualdad social y la asistencia a las poblaciones desprotegidas. Algunas de las más importantes fueron: la “supresión de los sueldos fabulosos” a altos funcionarios gubernamentales; “casa, luz, agua potable para todos”; “una reforma agraria de verdad” para extender los beneficios a medianos y pequeños agricultores; “trabajo para todos” que pretendía buscar nuevas fuentes de empleo mediante la creación de industrias y el fomento de la “honestidad administrativa”, al tiempo que prohibía la persecución a ciudadanos por sus filiaciones políticas o religiosas (Programa de la Unidad Popular, 1969). Entre todas, la más delicada y convulsiva fue la nacionalización de los yacimientos de cobre, decisión que dejó como mayor perjudicada a la multinacional americana ITT Corporation que ostentaba un monopolio en su explotación.
Bajo este escenario, la sociedad chilena se polarizó todavía más, agudizando fuertemente las disputas ideológicas entre los bandos de derecha e izquierda. Una división marcada por intereses políticos y económicos opuestos que, en ocasiones, dieron lugar a confrontaciones violentas que terminaron en derramamiento de sangre. Algunos hechos que ejemplifican esto fueron los asesinatos del general René Schneider (1970) por grupos militares o del exministro del Interior Edmundo Pérez Zujovic (1971) en manos del grupo extremista Vanguardia Organizada del Pueblo.
El gobierno de los Estados Unidos no se quedó de brazos cruzados ante estos acontecimientos. En un memorando del 5 de noviembre de 1970 al entonces presidente Richard Nixon, el Secretario de Estado, Henry Kissinger, hizo explícito que para ellos la victoria de Allende podía estimular la ascensión al poder de la izquierda en Latinoamérica y en países con partidos socialistas cada vez más robustos como Italia y Francia. Fue entonces cuando desde Washington, a través de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), se comenzó a tramar un golpe de Estado al gobierno chileno.
Las represalias de los EE. UU incluyeron presiones a la banca internacional para que dejaran de invertir en Chile, subvenciones a la huelga de camioneros contra el gobierno en 1972 y apoyo directo en el asesinato del general Schneider y la campaña de desprestigio contra su sucesor, Carlos Prats. Estos sucesos alimentaron la profunda crisis económica que atravesó Chile en 1973 y aumentaron el malestar general de la población contra el gobierno.
El 11 de septiembre de 1973 los Estados Unidos propiciaron la estocada definitiva a Allende, al auspiciar el sangriento Golpe de Estado con el que el general Augusto Pinochet, luego de asaltar el Palacio de la Moneda, tomó las riendas del país instaurando una Junta Militar en una jornada que culminó en el suicidio de Allende. El régimen Pinochetista duró 16 años y medio (1973-1990) y se caracterizó por ser altamente represivo, al proscribir a todos los partidos políticos, exiliar a más de 20 mil personas, disolver el Congreso Nacional y restringir derechos civiles y políticos, ordenando la detención de los líderes de la Unidad Popular y reabriendo campos de prisioneros políticos como el de Pisagua. El senador norteamericano Edward Kennedy, utilizando datos confidenciales del Departamento de Estado, calculó que fueron entre 20.000 y 30.000 los muertos causados por la represión militar.
A nivel diplomático, el régimen rompió relaciones con la mayor parte del bloque socialista, incluyendo a Cuba, y colaboró de cerca con el gobierno estadounidense en operativos de contrainsurgencia en Latinoamérica como la Operación Cóndor junto a otros regímenes militares como el de Argentina, Uruguay y Bolivia. Un plan de carácter internacional orquestado por los Estados Unidos con el que los regímenes dictatoriales en Sudamérica coordinaron acciones y se apoyaron mutuamente para exterminar por medio del terrorismo de Estado a los movimientos ubicados en la izquierda política, para así preservar los intereses del plan socioeconómico neoliberal americano.
Fue precisamente durante los días de dictadura, entrada la década de los ochenta, que nació el Nuevo Pop Chileno. Una ola de artistas surgidos de colegios y universidades de Santiago pertenecientes principalmente a la clase media y media-alta. Bajo este nombre se cobijaron -y se cobijan- grupos influenciados por los nuevos sonidos del momento: el punk, el new wave o el pop-rock. Sin ninguna o con muy escasa difusión en medios, el Nuevo Pop Chileno se fue haciendo un nombre en presentaciones en barrios o instituciones educativas. No les interesaba cargar con un mensaje político antidictadura de una forma tan explícita como lo hicieron las banderas del “folklor militante”, aunque mediante el humor se burlaron de Pinochet y de un pueblo que veían dormido ante sus ordenes.
Como movimiento musical se podría decir que el Nuevo Pop Chileno es también una respuesta a lo que se conoció como la Nueva Canción Chilena, el movimiento de folcloristas nacido a principios de los sesenta que buscó retomar y popularizar el folclore latinoamericano en la región y que fue censurado y silenciado con la llegada de la dictadura. Pero a diferencia del Canto Nuevo -la otra respuesta que también tuvo su auge durante los ochenta-, estos no estaban interesados en el folclor, la poesía o la militancia política, generando un choque constante y marcado entre ambas corrientes.
Justamente por esto su gran eslogan era “Ni militantes ni militares” y, como consignó la revista La Bicicleta, era la competencia frente a la música disco americana que, por el otro lado, ocupaba los espacios de consumo y difusión masivos de la juventud.