Comprendiendo
el problema
La pérdida y el desperdicio de alimentos hacen referencia a su merma en las etapas sucesivas de la cadena de suministro de alimentos destinados al consumo humano.

Según cifras del Programa Mundial de Alimentos (WFP por sus siglas en inglés) aproximadamente 795 millones de personas en el mundo no tienen suficientes alimentos para vivir saludable y activamente. La gran mayoría de los afectados en el mundo vive en países en desarrollo y la magnitud del problema es tan grande que juntando los índices de mortalidad del sida, malaria y tuberculosis no se llega a igualar las cifras del hambre en el mundo.
En Colombia, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), 3,4 millones de personas se encuentran subalimentadas, lo que equivale a que un 7,1% de la población carece de una seguridad alimentaria completa.
En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el artículo 25, se indica que toda persona tiene derecho a una calidad de vida que le asegure, entre otras cosas, la alimentación. Precepto que se cumple de manera parcial en el mundo.
En un informe sobre pérdidas y desperdicios de alimentos realizado por la Dirección Nacional de Planeación (DNP), encargada de la implantación de estrategias en lo social, económico y ambiental en Colombia, se concluye que se pierde y se desperdicia alimento con lo que se pudiera alimentar a más de 8 millones de personas al año, aproximadamente toda la población de Bogotá.
Según el organismo, lo que se cosecha o la oferta disponible de alimentos anualmente es de más de 28 millones de toneladas, de donde un 34% (9,76 millones de toneladas) de esa oferta se pierde y se desperdicia.
En este punto es preponderante saber diferenciar entre pérdida y desperdicio, ya que son conceptos distintos y la DNP lo dilucida: la pérdida es la disminución de alimento disponible para el consumo por ineficiencias en las cadenas de producción, siendo las frutas, verduras, raíces, tubérculos, cereales y cárnicos los que más índice representa. Mientras que desperdicio es la disminución de alimentos relacionada con el comportamiento, los hábitos de compra y consumo y manipulación de alimentos, teniendo frutas, verduras, legumbres, oleaginosos y lácteos los que más se desperdician en los hogares.

Para Santiago Mazo, especialista en seguridad alimentaria y nutricional de la FAO Colombia, las pérdidas se refieren a los productos que se estropean durante la recolección, almacenamiento, embalaje y transporte antes de llegar al minorista, por ejemplo, las fresas que son llevadas desde el departamento de Caquetá hacia CORABASTOS, si no tienen un buen proceso de embalaje hacia su destino, la probabilidad de que se estropeen es alta.
En cambio, los desperdicios surgen cuando los alimentos son descartados por el vendedor o el consumidor posee malas prácticas de almacenamiento, de compra o cocina inadecuadas, como el caso de un establecimiento que tira a la basura una caja llena de bananas porque estas tienen manchas marrones.
El especialista, además, manifiesta que: “en el país los desperdicios provenientes por las prácticas inadecuadas en la manipulación de alimentos son ínfimos alado de las pérdidas identificadas en la cadena agroalimentaria: producción, poscosecha, almacenamiento, distribución y embalaje”.
Entre las causas que Mazo destaca para dichas pérdidas está la tecnología durante la poscosecha que es bastante atrasada. “Trasladamos y empacamos en envoltorios no adecuados. Frutas y verduras trasportadas en bultos o en cajas de madera. Nuestros procesos de almacenamiento todavía son deficientes y las distancias también son otro factor por no tener mejores condiciones de transporte”, cuenta el especialista.
A esta opinión se suma la de Lina Sendala, asesora económica de la Vicepresidencia de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) quien manifiesta que hay una dificultad en el tratamiento de los alimentos poscosecha a causa de la falta de tecnificación.
Para el vicepresidente de la SAC, Alejandro Vélez, respecto a las cifras sobre las pérdidas de alimentos, manifiesta que “se tienen que bajar, pero lo que pasa es que aquí somos más dados a rasgarnos las vestiduras y no hacer nada. Deberíamos estar aprovechando el 100% de lo que se produce”.
Vélez indica que uno de los puntos en que se debe mejorar es en infraestructura y tecnología, siempre y cuando sea rentable: “una cosechadora de arroz con los espigos dañados bota el 15 por ciento del producto al suelo. La tecnología cuesta y si los márgenes no me dan para pagar simplemente corro el riesgo y no la aplico”.
“Al hablar de granos de maíz para balanceado o consumo humano si no hay silos ni condiciones de almacenamiento, se entregará un producto con humedad y con bajo nivel de proteína. Por eso es necesario saber si cuento con la infraestructura necesaria para manejarlo y que rentabilidad tengo como asociación para invertir y darle un valor agregado al producto”, señala el vicepresidente de la SAC.
La FAO advierte que la población mundial es cada vez mayor por lo que la producción agrícola debe aumentar considerablemente para satisfacer las demandas en un mundo con recursos naturales limitados (tierra, agua, energía, etcétera). Reducir las pérdidas de alimentos no debería ser una prioridad en el olvido.
Por eso es necesario aclarar que, de llegar el día en que no exista pérdidas y desperdicios de alimentos, no implica que el hambre desaparezca, puesto que lo que se generaría es que exista más productos para el comercio y no al alcance de personas en condición de vulnerabilidad.
Existen organismos desarrollando estrategias para contrarrestar las pérdidas y desperdicios de alimentos a escala global, consulte más en el capítulo tres.
