“En la escuela profesional de soldados se enseña ante todo la unidad”, recuerda el ex soldado Romero. Por más de seis años hizo parte del Ejército Nacional de Colombia. En cada misión controlaban el miedo a perder su vida, sus piernas o lo que era peor, perder a uno de sus compañeros, que en la guerra se convierten en hermanos, “uno allá por el compañero se hace rajar el cuello”, explica Romero.
Durante sus años en el Ejército, el soldado Romero, tuvo que afrontar la muerte violenta de algunos compañeros, la frustración de no asistir al funeral de su padre por circunstancias del conflicto y la experiencia de recoger decenas de cuerpos del grupo enemigo, entre los que se encontraban niños. Pero, fue su última misión la que marcó el comienzo de sus problemas emocionales.
Romero como guía canino, iba con, Zuka, su perra desactivadora de minas, su “lanza”, y sus otros compañeros del grupo especializado en desminado a sacar plata, explosivos y armamento de una caleta que estaba escondida en medio de un campo minado. La misión en este caso parecía igual a las acostumbradas, pero nada salió como lo habían planeado. Esa noche su “lanza” pisó una mina antipersonal y ante la impotencia de sus compañeros, les rogaba que no lo dejarán morir.
Y así fue. El grupo puso su vida en peligro para salvar a su hermano de guerra. Luego de angustiosos minutos, lo sacaron vivo del lugar y aunque su compañero perdió las piernas, ese día, el grupo sobrevivió. “La pérdida de un compañero y escuchar su súplica para que le salvaran la vida puede generar problemas depresivos y psico-afectivos. La culpa, la sensación de indefensión y la no solución puede producir trastornos emocionales”, afirma Priscila Gutiérrez, ex coordinadora del programa de salud mental de la Policía Nacional.
Esta experiencia se acumuló con todas las demás vividas durante el conflicto, y la mente de Romero empezó a cambiar. “Mi primer episodio psiquiátrico fue en una pista en Ituango, estaba durmiendo con mi compañero, cuando de un momento a otro me levanté llorando, gritando, pidiendo el fusil. –El fusil que me van a matar – llamé a mi mama llorando a gritos, y ella no entendía nada,” recuerda Romero.
“La salud mental está rodeada de estigmas, se cree que el enfermo mental tiene que curarse solo,” afirma la psicóloga clínica, Luisa Cadena. Esto no solo produce que muchos militares no cuenten sus síntomas, sino además que al contarlos no sean tomados en serio. “Cuando yo le dije al teniente de la base lo que me pasaba él me dijo –Soldado mire, usted a mí no me va a venir a tramar y si está enfermo pida la baja-, después de eso yo me llene de ira y por poco mato a la gente a mi alrededor”, cuenta Romero.
Romero fue llevado a tratamiento psicológico luego de episodios en donde puso en peligro su vida y la de otros soldados. Durante cuatro años asistió a terapias y estuvo internado en más de una ocasión por sugerencia de los médicos tratantes del sistema especial de salud de las Fuerzas Militares.
En todo este tiempo el soldado profesional convivió con un trastorno mental que, aunque era diagnosticado con nombres diferentes, para él siempre tenía los mismos síntomas: insomnio constante, desesperación al estar solo y sin hacer nada, “no me daba sueño ni nada, a toda hora me la pasaba malgeniado, no salía de mi casa, a toda hora tenía malos pensamientos, estaba lleno de rabia, quería ir y meterme a una estación y hacer algo que le doliera al Estado, hacer historia”, comenta Romero.
Los militares que sufren una enfermedad mental tienen que incapacitarse pues el manejo de armas de fuego sumado a síntomas de esquizofrenia, depresión, trastorno afectivo bipolar o estrés postraumático puede significar un peligro para sí mismos o para otras personas, afirma Mauricio Garzón, jefe de psiquiatría del hospital militar de Bogotá, al referirse a las causas por las cuales las enfermedades mentales generan incapacidad en la población militar.
Las patologías pueden tener un curso de largo plazo o ser de por vida. “En el peor de los casos lo que puede pasar es que la persona tenga que continuar en su tratamiento psiquiátrico y que no sigan activas en las fuerzas militares. Eso es una conducta responsable a la luz del paciente y de las personas que puedan estar a su alrededor”, agregó Garzón.
A pesar de que la Corte Constitucional ha afirmado en múltiples tutelas la obligación de las Fuerzas Militares de dar continuidad a los tratamientos médicos de aquellas personas que adquirieron sus enfermedades durante el servicio, los ex combatientes, siguen teniendo que recurrir a tutelas para exigir sus derechos. En la tutela T-275 de 2009 la Corte Constitucional ratificó este derecho, recordando que “…existe una clara doctrina constitucional que impone a las Fuerzas Militares, en casos como el presente, la obligación de dar continuidad a la prestación del servicio médico del servidor militar que, en la prestación de servicio, resulta afectado en su salud o se agrava la misma; deber que se impone no obstante su retiro de las Fuerzas Militares y cuyo incumplimiento es violatorio de sus derechos fundamentales”.
Hoy Romero se suma a los ex soldados que esperan una decisión de la Corte para poder acceder a los medicamentos y tratamiento que venía teniendo desde 2011, por parte del Sistema Especial del Ejército de Colombia. Después de 10 años de servicio, en los que cuatro fueron de incapacidad por problemas psiquiátricos que lo mantuvieron internado en diferentes clínicas y medicado mientras permanecía en casa de su madre, Alexander Romero fue dado de baja de las Fuerzas Militares con un 27% de incapacidad.
Este número marcaría su retiro del ejército, el 27% implicó no recibir pensión, pues éstas solo pueden recibirlas aquellas personas que tienen más de un 70% de incapacidad. Con un diagnóstico psiquiátrico de “trastorno de ansiedad inespecífico, rasgos de personalidad incompatibles con la vida militar” más su problema físico “hipoacusia neurosensorial bilateral de 30 decibeles”, Romero regresó a la vida civil en una situación que no imaginó. Luego de prestar servicio por una década se encontró sin trabajo, con una enfermedad mental que aún no controlaba, sin sistema de salud especial para continuar su tratamiento y con muchas preguntas sin respuesta.
“Cuando me dijeron eso se me cayó el mundo, dije Dios mío qué voy a hacer. Soy un enfermo psiquiátrico, en qué empresa me van a dar trabajo, tengo estrés postraumático. O sea, qué voy a responder cuando me pregunté: por qué se retiró. Qué voy a decir: ‘no, porque me volví loco’ Me cerré y dije, ‘qué voy a hacer’” recuerda Romero.
“Lo que pasa con una persona que tiene un trauma es que las capacidades que tiene están coartadas. Eso dificulta entonces sus aptitudes de integración, de conseguir un empleo, de socializar, les es muy difícil afrontar situaciones”, afirmó la psicóloga Edith Aristizábal.
Después de su retiro, Romero buscó tratamiento psicológico en el régimen común de salud. Los médicos de su eps consideraron que su enfermedad tenía una incapacidad permanente del 74%. A pesar del diagnóstico y los síntomas, Romero tuvo que buscar trabajo “aquí estoy trabajando en seguridad. Muy contento, porque desde muy pequeño me ha gustado trabajar. Y lo más importante es que puedo tener mi servicio médico y el medicamento que era lo que más me importaba porque esta enfermedad es tan rara, que de un momento a otro a usted se le daña la cabeza, se va y luego vuelvo a la realidad y dice -Dios mío yo que hice- “.
Hoy Romero es un ex militar que ha buscado ayuda para curar las secuelas psicológicas y emocionales que dejó la guerra. Y aunque afirma que cada día representa un reto ,pues su vida militar marcó parte de sus comportamientos actuales , manifiesta haberse adaptado a la civilidad. “Me pongo a hacer cuentas, yo allá tenía que trabajar día y noche, no tenía vida social, veía a la población civil cada cuatro meses. En cambio, acá me puedo bañar todos los días, dormir en una cama y vestirme. Entonces digo – soy bobo por sentir esa nostalgia pues acá lo tengo todo- Y finalmente, a mí nadie me va a quitar el título de soldado, haber vivido la guerra, eso ya hace parte de mí”, afirma.