ELISA

La guerra continúa en casa

Elisa

“En la guerra no hay emoción, no hay corazón, no hay sentimientos, es otra cosa”

*Elisa tenía 15 años y ya era mamá de dos niños. Comenzó a hacer trabajos pequeños para las Farc porque quería ayudar a *Marco, el papá de sus hijos, a salir de la cárcel, un guerrillero que la involucró con el grupo y la razón por la que se mantuvo en las filas. Elisa, sin darse cuenta hacía parte de los 9007 menores de edad reclutados, desde 1999 hasta 2017, por grupos al margen de la ley en Colombia, según cifras del Registro Único de Víctimas (RUV).

Al igual que muchos niños y adolescentes, Elisa, tuvo que adaptarse al entrenamiento militar. Su vida, como ella misma dice, dio un giro de 180 grados. “Yo era una sardina, rumbera, me la pasaba de farra en farra a pesar de que ya tenía dos hijos. Pero, ni idea de coger un monte, ni ir a todo lo que viví, pero uno es un animal de costumbres y me adapté” recuerda.

En sus años en las Farc, no solo adquirió las aptitudes físicas que se requieren para sobrevivir a la guerra, también tuvo que entrenar su mente para permanecer en este lugar, adaptándose a no mostrar el miedo, callar lo mucho que extrañaba a sus papás, olvidar el temor a la muerte y reprimir sentimientos que pudieran intervenir en un enfrentamiento. “En la guerra no hay emoción, no hay corazón, no hay sentimientos, es otra cosa”, afirma Elisa.

En 2006, luego de ocho años en las Farc, siendo ya mayor de edad y madre de tres hijos, Elisa decidió desmovilizarse junto a su esposo y su cuñado. En su proceso de desarme, según indica, tuvo que regresar a la tierra donde operaba militarmente y fue separada de su esposo por ocho meses. “A mí me tuvieron ocho meses en el batallón, me llevaron uniformada, me dejaron incomunicada, esperando que yo diera información del frente en el que militaba” afirma.

Su idea de regresar a la vida civil no coincidía con la realidad, lo que la llevó a desconfiar del proceso de desmovilización. “La guerrilla tiene un mecanismo de control que es infundir temor frente al Estado, si lo capturan lo van a torturar, lo van a matar, les dicen. Por eso, el tiempo en el batallón es tan estresante, cuando los demoran más de 15 días empiezan a maquinar y pensar que lo que les decía la guerrilla era verdad. Se asustan y comienzan a tener resistencia al proceso”, afirma una profesional en psicología de los hogares de paz.

Luego de ocho meses, Elisa terminó su proceso de desarme y fue enviada por el Grupo de Atención Humanitaria al Desmovilizado (GAHD) a Bogotá. Según lo indica el Manual de Inducción “Volviendo a la Vida” del Ministerio de Defensa, una vez se pasa por la fase de desarme se lleva a cabo el proceso de desmovilización, donde la persona debe permanecer de 60 a 90 días en un hogar de paz, lejos del lugar donde militaba. Allí se les brinda atención psicosocial y en salud, además de alojamiento, alimentación y capacitaciones.

Según el Conpes 3554, “todo el programa del GAHD busca equilibrar el estilo de vida del desmovilizado por medio de la orientación de las normas y principios para el paso a la reintegración, ayudar a estabilizar en términos humanitarios”. Durante el desarme y la desmovilización también se espera que el ex guerrillero pueda brindar información del grupo y sus compañeros recibiendo, además, un incentivo económico.

El proceso de adaptación a la vida civil es importante porque permite a los desmovilizados preparase para esa ‘nueva vida’. Muchos de ellos solo han conocido de los avances tecnológicos a través de la radio, por no mencionar los cambios que han podido ocurrir en sus familias. “Suena exagerado, pero muchos de ellos ni siquiera conocen un bus”, afirma Priscila Gutiérrez, ex coordinadora nacional de salud mental de la Policía. En Bogotá, Elisa empezó su proceso de reintegración y empezó a construir, como nunca antes lo había hecho, una familia en la civilidad.

Han pasado 10 años desde la última vez que Elisa se vistió con un uniforme militar y cargó en su mochila un machete. Hoy, sentada en la casa de un amigo, que la acoge mientras consigue trabajo, recuerda cómo ha sido su proceso de reintegración. Su voz cambia de tono cuando cuenta lo que ha vivido en los últimos años, sus silencios muestran la angustia de no encontrar trabajo, tener sus hijos lejos y sentir la incertidumbre de la vida civil, que ella considera, muy difícil.

Elisa

“Una intervención antes de que ocurran los hechos puede hacer más fácil el proceso de reintegración a la vida civil”

En los últimos años, Elisa ha tenido que enfrentarse a las secuelas que la guerra le dejó a ella y a su, ahora, ex esposo. La reincorporación a la vida civil de este hombre que duró 26 años en la guerrilla fue una de las cosas más difíciles con las que la familia ha lidiado. “Todo tenía que ser como él dijera, ahí empezaron los niveles de violencia intrafamiliar, golpes y gritos, no solo para mí sino también para mis hijos” recuerda.

Según el psiquiatra Ricardo de la Espriella, en los procesos de reintegración se pasa por diferentes etapas de ajuste que pueden tener episodios de rabia, y reacciones emocionales muy complejas que hacen que los problemas de pareja se hagan mucho más evidentes.

El rol de padres fue algo complejo para estos dos ex guerrilleros. En esta familia, no había posibilidad de diálogo, sino órdenes incumplidas que merecían un castigo ejemplar. “Él no los castigaba como un papá normal, él los amarraba de los hombros para abajo y los metía en un tanque, porque esa era la manera como se castigaba allá y eso para él era normal”, recuerda Elisa.

Para la psicóloga Edith Aristizabal, quien realizó una investigación con un grupo de 16 Personas en Proceso de Reintegración en 2011 y de 35 en 2015, la violencia intrafamiliar se agudiza en la población desmovilizada porque en la guerra la forma de responder a los problemas es diferente. “Los ex combatientes manifestaron que en los grupos armados ilegales a los que pertenecieron les sacaron la furia y la violencia que no tenían, entonces, en la civilidad ellos dicen tener dificultades para controlar estos impulsos: les pegaban demasiado a los hijos, violentaban a la esposa o la forzaban a tener relaciones”, afirma.

La violencia era algo cotidiano para Elisa y sus hijos, y aunque su hijo mayor se había escapado más de diez veces de la casa, solo hasta que ella tuvo que ser hospitalizada por varios días a raíz de una golpiza que le dio su esposo decidió separarse. Para ese momento, el sueño de tener una familia unida se había desvanecido. Elisa perdió la custodia de sus hijos y terminó una relación de pareja que llevaba más de 15 años.

El caso de Elisa no es lejano a lo vivido por 4.495 mujeres que se desmovilizaron entre 2001 y 2011, según la segunda edición del informe “Desafíos para la Reintegración. Enfoques de género, edad y etnia”, publicado en 2014 por el Centro Nacional de Memoria Histórica. Hasta hace muy poco tiempo los programas de reintegración buscan la inclusión del enfoque de género, con este se pretende transformar de manera pacífica los problemas de violencia intrafamiliar y otros conflictos relacionales.

Aristizabal también afirmó que en su primera investigación “eran personas que no habían tenido tratamiento psicológico individual y padecían traumas severos. Es decir que, habían tenido un acercamiento a psicología en terapias grupales, pero específicamente sus traumas particulares no habían sido tratados”. En 2015, por el contrario, la psicóloga encontró que el acompañamiento había cambiado y que a las Personas en Proceso de Reintegración habían recibido ayuda individual y más específica.

Años después de la separación de su esposo y con sus hijos viviendo en otra ciudad, Elisa reflexiona sobre las dificultades que trajo el no haber recibido ayuda psicológica individual y a tiempo. Para ella era muy difícil contar sus problemas en grupo y muchas veces consideró que era necesaria una atención personalizada que, según ella, nunca recibió. “Uno como ex combatiente, no entiende para qué sirven los psicólogos, pero a raíz de todo por lo que he pasado, es ahí donde uno dice – juepucha- un proceso psicológico que de verdad tenga garantías puede hacer la diferencia”, recuerda Elisa.

Según de la Espriella una forma efectiva de evitar los problemas personales y familiares que viven los desmovilizados es anticiparlos a estos, es decir, mostrarles esos escenarios hipotéticos a los que podrían enfrentarse para que sepan cómo actuar. “Una intervención antes de que ocurran los hechos puede hacer más fácil el proceso de reintegración a la vida civil”, afirma de la Espriella. Esto lo confirma el informe de Violencia y Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud, allí se aclara la importancia de la intervención temprana “los programas de formación parental y terapia familiar tienen efectos positivos a largo plazo sobre la reducción de los comportamientos violentos y delictivos, y al cabo del tiempo resultan menos costosos que otros programas de tratamiento.”

La experiencia vivida durante y después de la guerra ha marcado para siempre a Elisa, quien, en su intento por entenderse y ayudar a más mujeres como ella, ha decidido estudiar psicología. “Después de esto entendí que el bienestar no es solo no tener ganas de suicidarse o alucinar con todo lo vivido, sino también es lograr construir una familia, aprender a tomar decisiones por uno mismo, trabajar por la comunidad y no sentir el rechazo por ser quien uno es o fue”