EDUARDO

En la guerra por venganza

Eduardo

““Todo es difícil dentro del grupo, usted no se imagina, usted salir con un peso en su cuerpo de 150 arrobas y tener que caminar día y noche seguido. Es difícil ver cosas que ¿sí?...”

Cuando Eduardo era un niño aprendió a la fuerza que estaba en un país en conflicto. A sus diez años vio cómo su abuelo y familia sufrían mientras la guerrilla del ELN, que llevaba algunos años en la zona, asesinaba a su primo ante la negativa de todos para que éste se uniera al grupo armado. A esa edad, Eduardo, se convirtió en una víctima más del conflicto, marcado por presenciar el homicidio de un ser querido.

Seis años después, movido por la venganza y la situación económica de su familia, Eduardo decidió unirse a las Autodefensas Campesinas de Colombia (AUC), un grupo que paradójicamente dejó alrededor de 2.541 víctimas según cifras del informe Basta Ya. Eduardo tenía 16 años cuando empezó una vida de combatiente, y lo que en las primeras semanas fue fácil, poco a poco se fue complicando.

“En los combates es inevitable no sentir miedo. Imagínese uno ver al compañero bien, y al rato verlo ahí muerto, y entonces, uno empieza a pensar ¿será que en cualquier momento me toca? ¿qué irá a pasar? ¿qué voy a hacer?” afirma Eduardo. Su miedo estuvo acompañado del estrés que genera la incertidumbre de la guerra.

Según un estudio realizado por Reynol, Méndez y Cruz en 2001, “el estrés en la vida militar está condicionado por el factor sorpresa. Muchas veces el individuo se enfrenta a situaciones que lo ubican en un estado de inseguridad y ansiedad”.


Ni el miedo ni el estrés fueron un obstáculo para que Eduardo hiciera parte de un grupo paramilitar por 16 años. Durante todo este tiempo aprendió a evadir sus sentimientos, a callar y obedecer, a amenazar la vida de otras personas mientras sentía que la suya también estaba en juego. “Todo es difícil dentro del grupo, usted no se imagina, usted salir con un peso en su cuerpo de 150 arrobas y tener que caminar día y noche seguido. Es difícil ver cosas que ¿sí?... claro es difícil, recuerda Eduardo sin poder pronunciar aquellos recuerdos de la guerra que en la vida civil necesitan ser enterrados.

Finalmente, en 2004, a pesar de que otros bloques de las autodefensas se empezaron a desmovilizar a raíz del pacto de Ralito, firmado en 2003 durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, Eduardo decidió desmovilizarse individualmente. Escapó del grupo después de pensarlo durante un año, cuando uno de los comandantes lo iba a matar.

“Hice inteligencia en el lugar donde me iba a entregar para asegurarme que el militar encargado en el batallón fuera neutro. Cuando intuí que lo era, me entregué”, cuenta Eduardo. Luego de una semana en el batallón, fue trasladado a un albergue en Bogotá, su rápido traslado se debió a la amenaza que implicaba para él seguir en la zona donde sus ex compañeros buscaban asesinarlo para que no diera información confidencial.

Con el frío bogotano, Eduardo, empezó su proceso de desarme, en un albergue donde los desmovilizados pertenecían a todos los grupos: Farc, ELN, EPL y AUC. Sus recuerdos de los primeros dos meses de adaptación a la civilidad son de tensión y miedo, “los primeros dos o tres meses sentía tensión, casi no dormía, casi no comía, uno no sabe quién es quién. Era ermitaño, todo el tiempo estaba solo, sentía la zozobra ¿será que hay gente que me está siguiendo?”, recuerda.

Eduardo

“Los recuerdos que perturban la vida civil”

Luego del albergue, Eduardo comenzó su proceso de reintegración. En 2004 se acogió al Programa de Reincorporación a la Vida Civil, PRVC, que se ha transformado en lo que hoy se conoce como La Agencia Colombiana para la Reincorporación y Normalización, ARN. En su proceso, que aún no culmina, ha revivido momentos que perturban su tranquilidad, pero que no le han impedido convencerse de que su mejor decisión fue haber dejado el grupo.

Durante los primeros años en Bogotá, Eduardo era una persona con temor y ansiedad, “mi angustia era que de pronto por venirme a hacerme daño a mí, atacaran a una persona inocente, por eso trataba de estar siempre solo”. Durante cinco años, Eduardo se aisló de la sociedad, solo salió de su casa cuando era estrictamente necesario y vivió con constante miedo.

Después de 16 años de protegerse del enemigo las 24 horas del día, amenazar la vida de otros, usar armas y ser testigo de muertes, Eduardo, volvió a la civilidad con la sensación que aún hoy, 10 años después de su regreso permanecen con él: “zozobra, pesadillas, miedos, sentir que me tocan y muchas cosas que no me encajan”, afirma.

Estas sensaciones están directamente relacionadas con su vida en la guerra. “Soldados que estuvieron expuestos a combates violentos, combate frecuente con el enemigo, soldados que mataron a alguien (o lo creen), que salieron heridos en combate o presenciaron la muerte o heridas de un civil o de uno de sus compañeros. Ellos tienen un riesgo susceptiblemente mayor de tener ideas suicidas, depresión o adquirir estrés postraumático,” afirma un artículo de 2011 titulado “Los costos psicológicos de la guerra” de Ceur, Sabia y Tekin.

Aunque Eduardo ha tenido atención psicológica en la ACR ahora ARN, no ha asistido a ningún psiquiatra adicional por considerarlo innecesario, y aún hoy en ocasiones tiene recaídas que pueden durar meses. La última sucedió hace poco, cuando revivió en una calle de la séptima una situación de sicariato. Al ver un hombre que en una moto sacaba de su chaqueta un objeto, se tiró debajo de un carro ante el miedo a un disparo “eso fue tal cual, me recayó. Por la noche yo escuchaba voces, escuchaba tiros, ya no dormía y cuando dormía, algo veía”, recuerda.

Hay que poner mucha atención a estas situaciones, pues en muchos casos tienden a la cronificación. El estrés postraumático, por ejemplo, cuando dura más de 6 meses tiene muchas comorbilidades, incluso altera la personalidad y otras variables como la posibilidad de encontrar un campo laboral O las relaciones afectivas duraderas, que son necesarias para que las personas puedan tener un proceso de reinserción exitoso", afirma el psiquiatra Ricardo de la Espriella quien realizó un estudio sobre salud mental con personas desmovilizadas en 2009.

A pesar de sus temores, Eduardo continúa viviendo su vida en la capital colombiana. Ha sido vendedor ambulante, vendedor de zapatos, ayudante de bodega y un desempleado más. Ha tenido buenas y malas experiencias al decir que es un desmovilizado. Ha mentido sobre su pasado para lograr la aprobación de un arrendatario, ha encontrado el amor siendo sincero y sido rechazado por vecinos y empleadores. “Lo más difícil ha sido ser estigmatizado por la sociedad, para conseguir cualquier cosa toca decir mentiras”, afirma Eduardo.

Según lo indica el Anuario 2016 de la ACR, la tasa de desempleo de la población desmovilizada es un 10% mayor que la tasa de desempleo nacional, que para comienzos de 2018 era el 10.5% de la población. Esta situación, según el documento, se explica porque esta población se enfrenta a la estigmatización, el cambio constante de residencia, bajos niveles de escolaridad, entre otros factores. Todo esto puede afectar la salud mental, pues como explica la psicóloga Edith Aristizábal “parte de tener una buena salud mental es poder ser una persona productiva, relacionarse con los otros y tener un estado de tranquilidad”.

Para una profesional del Hogar de Paz, una de las principales preocupaciones de todos los desmovilizados al volver a la civilidad es la búsqueda de trabajo “Muchos tienen temor porque no saben qué pueden hacer, sienten que su experiencia en la guerra no les ha servido de nada. Y cuando saben qué hacer, no saben si los van a contratar. ¿Qué pasa cuando revisen mis registros y vean que soy un desmovilizado? nos dicen en muchas ocasiones”.

Pero las cosas han empezado a cambiar para Eduardo, aunque continúa en el programa de la ARN por sus problemas psicológicos, tiene un trabajo en una bodega, ha encontrado el que él afirma es el amor de su vida y está a la espera de tener su primer hijo. “Ahora tengo una pareja, con la que me siento realizado y no tuve que mentirle. Además, voy a ser papá y con esa alegría y esa expectativa de no querer que esa criatura vaya a pasar por lo que yo tuve que pasar. Ya estoy aquí, nadie me manda, ya tengo cedula, puedo salir, dormir, acostarme cuando quiera. Y verme Sábados Felices donde está un poco de mi vida”.