En 2011, El Heraldo de Barranquilla reportó cómo el ex soldado del ejército, Alirio Antonio Sanabria, amenazaba con quitarse la vida desde el doceavo piso de un edificio en Bucaramanga, mientras su esposa y agentes de la policía le rogaban que no saltara. La medida extrema parecía ser parte de la desesperación por no tener una pensión y los impulsos producidos por una guerra que había dejado secuelas psicológicas.
Esta noticia no era la primera en hablar sobre medidas extremas tomadas por ex militares. Las páginas de los periódicos y noticieros locales y nacionales habían reportado más de una vez la situación de algunos de ellos. Casos como la masacre de Pozzetto a manos de Campo Elías Delgado, un ex soldado de la guerra de Vietnam; el asesinato de cinco militares por parte de uno de sus compañeros o suicidios en aumento en las filas de las fuerzas públicas , son noticias que muestran cómo la guerra trae consecuencias devastadoras para el propio militar o ex combatiente, su familia y la sociedad.
La guerra ha hecho que los soldados se enfrenten en múltiples ocasiones a situaciones de estrés únicas que pueden generar diversos problemas de salud mental. “Casi todos los días teníamos hostigamientos, compañeros heridos y a veces dormíamos de a dos y tres. Ver un compañero muriéndose que está durmiendo al lado de uno porque el disparo le cayó fue a él, y que le toque a uno pararse inmediatamente y correr, eso se queda en la mente” recuerda el ex soldado profesional Ferney Flórez al narrar solo algunas de las cosas que lo impactaron durante su carrera.
La suma de los eventos de conflicto a los que se enfrentó cada ex combatiente, más su historia personal puede producir problemas psicoafectivos en la vida civil, afirma la ex Coordinadora de salud mental de la Policía Nacional, Priscila Gutiérrez. “Yo no me pude despedir de mi papá porque cuando él murió estábamos en enfrentamiento en el Huila, nos mataron un soldado, dimos una baja de un guerrillero y no me pudieron sacar. Me sacaron a los diez días cuando ya lo habían enterrado. Eso me marcó. Luego no me pude acercar a la tumba, terminé yendo como a los dos o tres años.” recuerda el ex soldado profesional Alex Romero.
A pesar de que los combatientes tienen una preparación militar para poder sobrevivir al conflicto y tener menos riesgos emocionales, “se ha visto que muchos de ellos, después de un evento traumático, tienen problemas a largo plazo: como pérdida de sueño, pérdida de apetito o problemas relacionales. Y, más adelante, terminan internados en la Clínica la Paz por esquizofrenia, problemas psicóticos o psicoafectivos a causa de la guerra,” manifiesta Gutiérrez.
Enfermedades ocultas
Hombres y mujeres después del combate o mientras prestan servicio, empiezan a experimentar síntomas que alertan a compañeros y familiares sobre algo diferente que pasa en su mente. “Me fui llenando de rabia, cogí todo y lo boté al piso. Vi a todos con odio y como guerrilla. Mi intención era darles plomo y luego me dieron ganas de llorar, y comencé a correr, ellos a la pata mía. Me le botaba por encima a los carros hasta que salí del lugar sin entender qué estaba haciendo, corrí por la selva hasta encontrar una casa y le pedí ayuda a una señora”, esta fue una de las tantas ocasiones en que Romero perdió la consciencia del momento presente y con sus acciones se puso en peligro a él y a otros
Experimentar sucesos traumáticos una y otra vez, tener recuerdos angustiosos recurrentes, involuntarios e intrusivos; la pérdida de consciencia del momento presente; reacciones fisiológicas internas; alteraciones del estado de ánimo o sobresalto son algunos síntomas que según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSMV) de 2017 experimentan las personas que padecen estrés postraumático (TEPT).
Esta fue la enfermedad diagnosticada por médicos del sistema general de salud a Alex Romero, Y es también una de los trastornos que más afecta a la población militar y demás excombatientes. Estudios a nivel mundial afirman que entre un 12% y 30% de los veteranos de guerra la padecen y, que, además, aquellos que conviven con todos sus síntomas tienden a presentar mayores índices en divorcios (70%),> problemas con la justicia (39%), inestabilidad ocupacional (42%), problemas maritales y parentales (55%) y violencia (40%).
El estrés postraumático es solo una de las enfermedades que se asocia a traumas de la guerra generados por el combate. El conflicto trae, además, trastornos mentales como: el trastorno afectivo bipolar, depresión, ansiedad, abuso de sustancias psicoactivas o problemas intrafamiliares agudizados por la violencia, entre otros.
Estas enfermedades, no discriminan entre grupos de combatientes.
En la guerra el ser testigo de la muerte, la destrucción y la tortura, y experimentar amenazas a la vida o asesinar a otro ser humano puede producir problemas de salud mental.
“He atendido algunos militares en consulta, o por procesos forenses y he visto que tanto ellos como los desmovilizados presentan igual sintomatología de estrés postraumático. La diferencia puede estar en la moralidad y en la culpabilidad. Pero, incluso en la irritabilidad, en la dificultad para controlar la ira los síntomas son los mismos”, afirma, Edith Aristizabal, doctora en psicología con orientación en neurociencia cognitiva.En la civilidad, la lucha es contra los recuerdos y costumbres que representan un obstáculo para vivir en bienestar.“Esas cosas se me quedaron grabadas, cómo me atacan, cómo veo morir tanta gente, cómo vi tanta gente herida y no poder hacer nada por ellos, dejarlos morir. Son muchas cosas, yo creo que eso fue lo que hizo todo más difícil acá en Bogotá. No podía dormir, porque comenzaba a recordar miles de vainas, pasaba uno o dos días sin dormir,” recuerda un ex combatiente del ELN, quien permaneció en el grupo 14 años y quiso reservar su nombre.
Las enfermedades no necesariamente se presentan solas, sino que pueden experimentarse dos a la vez. “El estrés postraumático puede interferir con las funciones diarias cuando termina por hacer que la persona se aparte emocionalmente de la familia y amigos, tenga expresiones inapropiadas de ira, irritabilidad, comportamientos sobreprotectores o abuso de sustancias”, agrega Aristizabal. Por ejemplo, el ex guerrillero del ELN, en su intento por recuperar el sueño, acudió al alcohol, sin darse cuenta que por seis meses había abusado de esta sustancia.
Para este especial se contactó en repetidas ocasiones a la ACR, en su momento, y posteriormente a la ARN, incluso se acudió a un derecho de petición en búsqueda de cifras oficiales. Por último, la ANR afirmó que no tiene información pública sobre la cantidad de personas en proceso de reintegración que padecen una enfermedad mental. Por su parte, las fuentes militares consultadas dicen que el poco presupuesto no ha permitido la investigación a profundidad, por tanto tampoco tienen datos precisos sobre la cantidad de ex militares víctimas de algún trauma emocional producto del conflicto.
No obstante, en una entrevista con Revista Semana, el director de la ARN afirmó que el 90% de los desmovilizados padecen un problema de salud mental. El panorama para los ex militares, a pesar de los estudios limitados en este campo, mostró en 2005 que el 22% de los efectivos tenían alguna enfermedad relacionado con lo psíquico.
A los trastornos mentales se suman además los problemas emocionales. Tener una buena salud mental, como lo indica la OMS, no es solo la ausencia de enfermedades de la psique, sino también “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”.
Todo esto se ve coartado cuando los ex combatientes regresan a casa. Según una profesional de la ACR, por ejemplo, en algunos de los desmovilizados se ve una confianza excesiva o desconfianza total. Por su seguridad, en ocasiones tienen que cambiar de lugar de residencia lo que hace que las relaciones con el entorno sean muy cortas y eso afecta emocionalmente.
El rechazo de la comunidad y la dificultad de encontrar empleo también generan problemas.
No es distinto lo que pasa, por ejemplo, con miembros de la fuerza aérea colombiana en quienes según la investigación Percepciones de la calidad de vida y la salud mental en oficiales de la Fuerza Aérea colombiana, se ha encontrado bajos niveles de calidad de vida, relacionados con psicopatologías que podrían ser evitados si se interviene a nivel personal, institucional y social.Las mujeres, por su parte, viven otros problemas relacionados directamente con su género. Según un artículo de Robin Arnett de la Universidad de Columbia, EEUU, sobre las mujeres en el conflicto: “para las mujeres que fueron empoderadas como combatientes ser forzadas a encajar en una sociedad altamente opresiva puede ser extremadamente arduo (...) Lejos de la organización, las mujeres son llevadas a encajar en un rol de género tradicional, lo que ha hecho que muchas afirmen que la vida en la guerra era preferible a la vida civil”.
“El momento del ciclo vital tiene mucho que ver con la facilidad de adaptarse a todo lo que viene después de haber vivido o ser víctima de algunas de estas expresiones del conflicto. A quién le cuesta más o menos, eso no solo está relacionado con el ciclo vital, sino con las características individuales, la existencia o no de una red de apoyo para él o ella, la funcionalidad de esta red y por supuesto a la atención que tiene en su sistema de salud” afirma Patricia Hernández, psicóloga del Hospital Militar desde hace 20 años.
Estar expuesto a cualquier tipo de violencia aumenta el riesgo que un individuo presente diferentes trastornos emocionales . Según la Encuesta Nacional de Salud Mental realizado por el Ministerio de Salud y Colciencias en 2015 y “lo más dramático en lo que respecta a la salud mental en relación con el conflicto armado es la vulneración psicológica de las víctimas y los victimarios, en términos del ‘encuentro con un horror psíquicamente no asimilable’, encuentro que no tiene solución de continuidad”.
Los efectos mentales de la guerra no distinguen entre guerrilleros, militares o paramilitares. El conflicto armado impulsa un proceso de deshumanización que empobrece las capacidades de pensar lucidamente y comunicarse; la voluntad y eficacia; la sensibilidad ante el sufrimiento, el sentido solidario y la esperanza, lo que conlleva al padecimiento de depresión, ansiedad, esquizofrenia, alcoholismo, culpabilidad e incluso hasta el suicidio.