JEFFERSON

Un capricho que se convierte en pesadilla

Jefferson

“allá no hay tiempo para estar triste, allá la idea es tratar de no generar mucha confianza con el compañero, para matarlo cuando haya que hacerlo. Pero, qué va, por muy duro que uno sea, eso afecta”

Después de negarse en algunas ocasiones a ingresar a las Autodefensas Unidas de Colombia, Jefferson decidió aceptar. Su razón principal: debía castigar a una tía con la que había peleado, y la mejor forma de hacerlo era enlistarse en las filas de este grupo armado al margen de la ley.

La decisión, impulsada por un capricho, marcó el resto de su vida. A partir de ese momento, Jefferson empezó a vivir la guerra de otra manera, su experiencia como ex soldado del ejército no bastó para imaginar todo lo que vendría. Jefferson recuerda haber estado sorprendido y atemorizado los primeros días, sin embargo, continuó en el grupo por más de siete años.

Durante este tiempo, aprendió a ser cada vez más duro, ocultar sus sentimientos, no dejarse mandar por mujeres, como le enseñaron en el grupo, y olvidar la empatía “allá no hay tiempo para estar triste, allá la idea es tratar de no generar mucha confianza con el compañero, para matarlo cuando haya que hacerlo. Pero, qué va, por muy duro que uno sea, eso afecta” recuerda.

Jefferson

“Estos sueños se presentan de modo frecuente y su contenido es siempre amenazante; el contenido de esas pesadillas, con frecuencia, los despierta y les impide conciliar de nuevo el sueño”

La adaptación a la vida civil comenzó con dejar el uniforme, las botas y el armamento. Aquello que antes significaba tanto en la guerra, ahora debía ser remplazado por palabras y acciones sin violencia. La readaptación es por tanto el desapego físico y mental de las herramientas de guerra.

El arma suele volverse parte del cuerpo del combatiente “se trata de extensiones corporales que a manera de prótesis pueden salvaguardar el cuerpo del peligro y el compromiso que le implica el acto cometido”, explica el psicólogo Juan Pablo Aranguren en su libro Las inscripciones de la guerra en el cuerpo de los jóvenes combatientes.

Una vez en la civilidad, desmovilizados como Jefferson sienten el peso del arma inexistente, la buscan al despertarse aturdidos por pesadillas, se sienten indefensos en situaciones de peligro. Su adaptación no solo consiste en entender que tienen una nueva vida sino en luchar porque su cuerpo, marcado por el combate, deje atrás todo lo aprendido.

“Marcela era una novia que tuve cuando estaba en once y la quise tanto que a mi pistola le puse su nombre. Cuando me vine estaba tan adaptado a ese contexto que lo único que me quitaba era los zapatos, me levantaba buscando la pistola todo el tiempo y diciendo Marcela, Marcela,” afirma Jefferson.

En sus primeros años de reintegración, Jefferson no solo se adaptó a vestirse con ropa común, sino que se enfrentó, como casi el 90% de los desmovilizados, según datos de la Agencia para la Reintegración y Normalización, ARN, a malestares psicológicos que le impedían un estado de bienestar. Como lo explica la ARN en el Anuario ACR 2016, los ex combatientes tienen que enfrentarse a patologías mentales causadas por la guerra que, sumadas a efectos psicológicos de la misma, los duelos, la culpa, la perdida de familiares, la desconfianza entre otros, afectan el regreso a la sociedad.

Para Jefferson el regreso a casa después de siete años en las autodefensas, acompañado de una desmovilización en la que dio información y entregó a ex compañeros, fue una situación difícil. Por mucho tiempo se sintió perseguido, no podía dormir con facilidad, se levantaba constantemente sobresaltado y recordando una y otra vez los episodios vividos durante su tiempo en el conflicto. “Estos sueños se presentan de modo frecuente y su contenido es siempre amenazante; el contenido de esas pesadillas, con frecuencia, los despierta y les impide conciliar de nuevo el sueño”, afirma la investigación de la psicóloga Edith Aristizábal, Síntomas y traumatismo psíquico en víctimas y victimarios del conflicto armado en el Caribe colombiano.

Lo experimentado por este ex integrante de las AUC pertnece algunos de los síntmas más comunes padecidos por las personas desmovilizadas al regresar a la vida civil "Síntomas de activación o de ansiedad, estado de alerta, respuestas de sobresalto, alteraciones en la conducta del sueño, impulsividad e ira son síntomas bastante comunes. Además, la imposibilidad de olvido, es decir, no poderse quitar de la mente todas las experiencias violentas o los actos de violencia que ellos ejercieron" recuerda Aristizábal.

Además de no poder dormir y estar en estado de alerta permanente, Jefferson se enfrentó a entender que podía expresar y decir lo que antes era una obligación callar. Para él, expresar sus sentimientos “Es novedoso, porque a mí me enseñaron a que el dolor no dolía. Las palabras más suaves eran groserías y uno se acostumbra a vivir con eso. Un –por favor- me parecía de locas. Ser amoroso con mi hija o con mi pareja aún me cuesta, pero he ido entendido que en este contexto eso está permitido”

"Tener la posibilidad de poder hablar de los sentimientos, poder expresar la tristeza U otro tipo de emociones,ver que eso es permitido, y desmontar que la agresión es la única manera de ser hombre, que hay otras formas de vivir la masculinidad. Eso puede ser algo difícil cuando se ha tenido un aprendizaje durante tanto tiempo donde se espera que el hombre haga determinadas cosas. Sin embargo, puede ser crucial para un proceso de reincersión exitoso" recuerda el psiquiatra y epidemiólogo Ricardo de la Espriella

Todo estos temas, fueron abordados en diferentes momentos en el proceso de reintegración. Como todas las personas que se vinculan a este proceso, Jefferson accedió a los beneficios del Programa desde que éste era conocido como el PAD. Durante su proceso, pudo notar cambios en la atención psicosocial, que en un principio fue dada para grupos y que posteriormente se transformó en atención individual. Estuvo acompañado de tres psicológas diferentes, que le enseñaron a adaptarse en la nueva vida, a expresarse y controlar un poco los recuerdos pertuvadores de aquella guerra vivida.

“En este momento somos casi 60 mil ex combatientes, cada uno es diferente y tiene una historia diferente, pero a mi juicio el acompañamiento psicosocial fue muy bueno, me ayudaron mucho”, afirma Jefferson, quien además asegura que sin ese apoyo no podría ser quien es hoy, un estudiante de noveno semestre de comunicación, que además empieza a cursar una maestría en Paz y Resolución de Conflictos.